Explore "Las Tormentas del 48" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
14 de Mayo.- Pasó la tormenta, dejando en mi alma gran destrozo, árboles caídos, caminos deshechos, ruinas y cambios lamentables. Termino las referencias del día 8, manifestando que todo lo presupuesto se hizo con arreglo al programa: en un nicho de la Sacramental de San Andrés guardamos los restos de la enamorada Antoñita, a quien debo en estas Memorias enaltecer singularmente por su devoción de amor y sus arrebatos afectivos, sin mentar sus pecados y errores, que de ellos no pudo verse libre quien tenía la pasión y la fragilidad por componentes del alma. Y el acto de conducirla a su última morada me sirvió para proporcionar fáciles medios de ocultarse al amigo Nicolás Rivero, que temía los rigores de la policía por haber metido sus narices en aquel fregado de la plaza Mayor. Liquidé cuentas con Margarita, cuentas con Sotero, a quien di cuanto me pidió a condición de que no volviera jamás a ponérseme delante, y abandoné la triste casa en que apurado había tantas amarguras.
Volví fatigado al mundo y a la vida corriente, instalándome en casa de Agustín, y mi primera visita fue para Andrade, a quien encontré muy mejorado de su herida, de lo que recibí gran satisfacción. Dos amigos míos, Uhagón y Pepe Arana, en su compañía estaban, y poco después que yo entró el que con Rivero había sido su padrino, Sánchez Silva. Del ruidoso escándalo militar del día 7 hablamos los cinco, y allí me dieron exacto informe de su móvil inicial y de los pormenores que yo no había visto. Como apenas pongo atención en las cosas políticas, ignoraba el argumento del confuso drama cuya principal escena, si no la más trágica, fue representada tan cerca de mí. Había sido Ruiz de Arana testigo y actor muy principal en la marimorena, por parte del Gobierno. Él vio a los soldados de España bajar en desordenado tropel por la calle de la Montera; él corrió de una parte a otra con una sección de coraceros, llevando órdenes del capitán general Fulgosio; él le vio caer miserablemente en la Puerta del Sol, a los tiros del paisanaje; él con tesón juvenil se halló en todos los sitios donde casi era milagroso no perder la vida. No reproduzco su prolija referencia, que ha venido a ser histórica, porque, la verdad, ni a mí me interesa grandemente la detallada relación de los movimientos de la tropa leal y de la tropa rebelde, con tanto general que va y viene de calle en plaza, o de uno a otro cuartel, ni creo que la remota posteridad que esto lea con ello se divierta ni se instruya. Porque, si bien se mira, por lo muy repetidos, son estos movimientos sediciosos como los amanerados poemas de corta inspiración y de frase pedestre, y sólo en el caso de que el triunfo los haga eficaces merecen la atención de las gentes. En los pronunciamientos fallidos veo yo la más tediosa sarta de aleluyas que nos ofrece nuestra historia. Mirémoslas de prisa, y pasemos a otro asunto.