Explore "Las Tormentas del 48" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
17 de Mayo.- No falté, no, a la comida en casa de los Emparanes, y debo decir que fue muy de mi gusto, y en todo, cosas y personas, hallé gratísimas impresiones, menos en la señorita de la casa, quien, por refinada crueldad de mi destino, hubo de acrecentar en mí la antipatía que me inspiraba. Sentáronse a la mesa conmigo, como invitados, el coronel Sureda y el Sr. de Roa, secretario que había sido del Infante D. Sebastián en la Corte de Oñate, y la siempre vistosa y guapísima Doña Genara Baraona, viuda de Navarro, de cabello blanco como la nieve, rostro fresco y sonriente boca. Los años no pasan por ella, o le tributan los más ricos honores viéndose obligados a envejecerla. Es un monumento esta dama, cuya belleza va unida a medio siglo de nuestra historia, con adherencia y comunidad de sucesos interesantes, así públicos como privados. Desde la batalla de Vitoria, el año 13, hasta la Regencia de Espartero, el 40, la católica Genara y la profana Clío han corrido juntas algunas parrandas, y ello se les conoce en la amistad que las une. Así, no hay historia más instructiva y amena que la que cuenta esta ilustre viuda cuando alguien incita su natural vanagloria de crónica viviente.
De las señoras mayores que dan lustre y dignidad a la casa, sólo dos estaban en la mesa, además de Doña Visitación, en todo el esplendor de su atavío morado, de amplitudes y magnificencia episcopales. Las otras vestían de negro, con cofias elegantes del año 30, y de pies a cabeza eran la corrección y la pulcritud más exquisitas. Gravemente amable, como perfecto caballero de antigua cepa, estuvo conmigo el señor Don Feliciano, y su esposa le imitaba en cuanto podía, sin llegar al punto y filo de la perfecta urbanidad castellana. Las señoras mayúsculas cotorreaban, Genara quería distinguir su elegancia flexible y modernizada, y los dos personajes carlistas, muy finos, aunque algo seco el uno, demasiado charlatán el otro, completaron el lucido y decoroso cuadro. Todo, como dije, contribuyó a mi solaz y contento, menos la desgraciada niña, que a mi lado tuve, y que en el largo curso de la comida no supo responder con el menor chispazo de gracia o de ingenio a las excitaciones que por vía de tienta le hacía yo. Huraña y melancólica, ni una vez la vi reír, ni salieron de su siempre repulgada boca más que frases vulgarísimas, o desabridas observaciones. Nunca vi cortedad semejante, ni mayor indigencia de ideas, ni criatura menos mujer. Por momentos parecíame un chico gordinflón y mal educado a quien no habían podido enseñar más arte que el del silencio.