La Campaña del Maestrazgo by Benito Pérez Galdós

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Mejor tratado desde aquel día, el prisionero vio urbanidad y benevolencia en algunos rostros; pero nada le maravilló como la radical mudanza del capitán Santapau, a quien conocía por el familiar nombre de Nelet. Empezando por mostrarse con él menos esquivo, se humanizó en un día, en otro se trocaron sus asperezas en afabilidad cariñosa, y acabó por declarar a D. Beltrán su sentimiento de haberle ofendido y su deseo de trabar con él amistad. Aceptó gustoso este cambio de actitud el buen viejo, y sospechando que alguna recóndita intención se traía su flamante amigo, esperó a conocerle mejor para juzgarle. Respecto al paradero de Marcela, a quien había perdido de vista desde antes de la acción de Buñol, díjole Nelet que Cabrera la había mandado encerrar en un convento de monjas, hasta que decidiera el Vicario General por D. Carlos, que actualmente se hallaba en Navarra. A juicio de Cabrera, no era decoroso ni ejemplar que una señora religiosa anduviese al zancajo por los caminos, suelta de toda disciplina; pero Santapau no participaba de esta opinión, pues las benedictinas de Sigena estaban exentas de clausura, como había declarado nada menos que el Concilio de Trento. Conocedor del monasterio y de su poética historia, el capitán había estudiado el asunto, y podía demostrar a su jefe la razón y derecho con que peregrinaba la santa señora y esposa de Cristo. Marcela Luco.

«Bien, hijo, bien -dijo D. Beltrán, barruntando a dónde iba a parar el guapo Nelet. También yo veo con simpatía la libertad monjil, y en este caso la creo muy acepta a los ojos de Dios, pues, si no me engaño, Marcela corretea en seguimiento de intereses que quiere aplicar a grandiosas fundaciones pías, para mayor esplendor de la Fe y de la Iglesia».

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