Explore "La Incógnita" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Voy a lo que se me quedó ayer. Otra de las grandes divergencias entre padre e hija, es que Cisneros tiene gran afición a Castilla, y ama el país clásico, donde planta sus raíces el árbol secular de la raza a que pertenece, la tierra madre, autora de la lengua que hablamos, maestra y criandera de nuestro ser castizo, mientras que Augusta profesa a aquel suelo y a sus paisanos un odio mortal. Cuentan que cuando era niña y su padre la llevaba a Tordehúmos, se entristecía tanto que la sacaban de allí con un principio de ictericia. A poco que le tires de la lengua, te hace descripciones en caricatura de aquel suelo venerable y extenuado; de los pueblos de adobes, más propios para que los habiten sabandijas que hombres; de los campos que en invierno están helados y en verano parecen de yesca; de los alimentos que apestan a aceite de linaza; de las casas calentadas con humazo de paja; de la tristeza de la raza, que se refleja hasta en las diversiones populares. Y has de notar que en ese país tan aborrecido y despreciado tiene la criticona parte de sus propiedades. Allí hay centenares de hombres que, agobiados por la usura, los impuestos, la miseria, y luchando heroicamente con un suelo empobrecido y un clima de los demonios, trabajan como esclavos para que ella viva cómodamente en Madrid, sin cuidarse de lo que cuesta arrancar a la tierra sus tesoros. Asegura que cuando va de viaje, se alegra de que el expreso del Norte pase de noche por aquella región antipática, para librarse del pesar de verla.
Mi tío no es así. Habla siempre de Castilla con grandes encarecimientos, y asegura que todo lo bueno que tenemos procede de allí; pero este amor al suelo nativo es puramente platónico, pues hace muchos años que el buen Cisneros no aporta para allá, y sus relaciones con la patria son puramente administrativas y epistolares, enderezadas a recoger puntualmente sus rentas, y a comprar todas las fincas que se venden, por sucumbir sus dueños en las garras de la usura. Francamente, esta falta de comunicación entre el propietario y la tierra, me da muy mala espina. He hablado con Cisneros de esto, y conviene conmigo en que el diluvio ha de venir, "sólo que - añade - como creo que está aún bastante lejos y que no me ha de coger a mí, no me ocupo de él, y voy viviendo lo mejor que puedo, reuniendo los materiales para que mis sucesores hagan un arca, si pueden y saben hacerla".