La Incógnita by Benito Pérez Galdós — Read

Explore "La Incógnita" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.

Pues señor, me levanto muy tarde, me entretengo en varios asuntillos después de almorzar; voy al Congreso. Animación en los pasillos, run-run de crisis, chismorreo largo, mucho secretico, mucho racimo de curiosos en torno a este y el otro personaje, pechugones aquí y allí por si tú debías votar y no votaste. Óyense las frases iracundas de siempre, y aquello de ni esto es partido, ni esto es Gobierno, ni esto es nada. En el salón reina la paz de los sepulcros. Discútese el proyecto de ley de Enjuiciamiento criminal; soledad en los escaños; el orador, rodeado de tres o cuatro amigos, trata de convencer a los bancos vacíos. En el de la comisión hay dos que se marcharían también si pudieran. En la Mesa, el vicepresidente charlando con Villalonga; el conde de Monte Cármenes repantingado en el sillón de uno de los secretarios; los taquígrafos afligidos porque no oyen bien al orador; los maceros le dirigen una mirada compasiva. En la escalerilla de la Presidencia y cuando voy a que me den caramelos, me tropiezo con Villalonga, el cual me dice que Orozco estuvo muy mal la noche última. ¿Qué fue? ¿Cólico, ataque de asma.? No sabe. Pero ello es que amaneció con fiebre muy alta. El médico se alarmó.

Corrí allá, me encontré al enfermo muy mejorado; la gravedad no fue tanta como se había creído. Pero continuaba en cama. El pronóstico del médico, si no grave, era reservado; había que observar el recargo de la tarde. Pasé a la alcoba de Orozco, y le vi. Estaba tranquilo; a mi parecer (algo me entiendo de medicina), aquello no es más que un catarrillo gástrico. No veo motivo de alarma. Sin embargo, debo decirte que Augusta no tiene consuelo, por haber estado ausente de su casa la noche en que su marido se puso tan malo. Tengo por seguro que su pena es sincera. Entre paréntesis, me ha sido muy grato advertir en ella estos sentimientos; y si te añado que me gusta más así, que la quiero más, digo la pura verdad. Mi prima es de esas personas que se ponen a morir cuando tienen un enfermo en la familia; tiembla de todo, y es excesivamente escrupulosa en la administración de las medicinas. Hoy no se ha separado un momento del enfermo; le interroga a cada instante: "¿Te duele esto, te duele lo otro? ¿Tienes sed? No te destapes. Eso no es nada: mañana estarás bien". Yo la admiro, qué quieres, por este cariño conyugal que tanto me confunde, aunque bien examinado el punto, podrá ser este sentimiento compatible con otro. Tú harás los doctos comentarios que tu ciencia y tu conocimiento del humano corazón te sugieran. En esta carta, no hago más que relatar hechos.

Reading navigation