La Incógnita by Benito Pérez Galdós — Read

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Tranquilízate. El Sr. de Orozco, a quien tanto admiras, está mejor, casi enteramente restablecido. Por más que tu imaginación feliz sepa figurarse cómo son las regiones celestiales; por acostumbrado que estés a concebir en tu mente el Supremo Bien, no puedes hacerte cargo del júbilo que resplandecía en la cara de Augusta, al darme esta mañana la noticia. Sus ojos eran las puras divinidades, chico. La hubiera adorado de rodillas. ¿Qué quieres tú?, yo soy así. Admiro lo bueno, aunque no lo entienda. Alguien que leyera lo que para ti solo escribo, preguntaría quizás: "¿Pero cómo se armoniza esto con aquello? ¡Ah! Tú que sueles penetrar en lo recóndito del alma humana no lo preguntarás seguramente.

Hay una ciencia superficial del corazón aprendida en los teatros, donde las pasiones son presentadas en su forma rudimentaria y simple. Con arreglo a esa ciencia incompleta juzgan muchos las cosas de la vida, y cuando estas no pasan conforme al módulo del arte dramático, dicen que no lo entienden. Yo sí que lo entiendo, y tú también, ¿verdad? ".

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