Explore "Amadeo I" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sin discusión fueron aprobadas la renuncia del Rey y la respuesta o responso que le dieron las Cortes al asumir todos los poderes. A Palacio acudió una Comisión presidida por Rivero, la cual debía poner a manos de Su Majestad dimisionaria los tiernos adioses de la tan noble como desgraciada España. En el acto palatino, que según me dijeron fue solemne y triste, Rivero, con la trémula voz de un cíclope conmovido, pidió al Rey y a la Reina el honor de estrecharles la mano, y no hay que decir que tal honra le fue cordialmente otorgada. Los Reyes dijeron para sí: Adiós, mundo amargo.
Primer trámite del Parlamento después de lo relatado fue la renuncia del Gobierno, que ya estaba como el alma de Garibay. Inmediatamente se presentó la proposición pidiendo que se proclamase la República. El debate fue ordenado y serio, sin más acritud que el corto pero grave altercado entre Martos y Rivero. Este, movido de su temperamento irascible y despótico, exigió duramente a los que fueron ministros de don Amadeo que ocuparan interinamente el banco azul. Saltó Martos de su asiento, como enconada fierecilla, y con aplauso del Congreso dijo entre otras cosas: "No está bien que empiecen las formas de la tiranía el día en que se despide el poder monárquico". Estas palabritas hirieron a don Nicolás en lo más vivo, obligándole a descender, con runflante protesta, del augusto sitial. ¡A votar, a votar! Doscientos cincuenta y ocho votos contra treinta y dos decidieron que España no era ya Monarquía, sino República. Laus Deo.