Bodas Reales by Benito Pérez Galdós — Read

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Con instintivo saber psicológico pensaba Lea que la lisonjera situación de ánimo en que había de poner a D. Tomás la victoria de su candidato sería favorable al cumplimiento de su promesa, es decir, que impuesto Montemolín por Austria y Roma, bien podía ser que los dos matrimonios, el grande y el chico, no distaran entre sí más que una semanita. De estas esperanzas habló con su madre, guardando reserva sobre lo del Austria; Doña Leandra se distrajo de sus tristezas contemplando el optimismo de su hija, tan parecido a un espectáculo de fuegos artificiales, y aunque la buena señora dudaba, que la duda de todo era en ella ya una segunda naturaleza, fingió creerlo por no marchitar ilusiones consoladoras. Eufrasia estaba también gozosa, porque llegó Terry, y con fácil artificio ideado por Jenara facilitose en casa de esta la tan deseada reconciliación.

Había llegado a tomar por aquellos días la persona de Doña Leandra apariencias de espectro, y la cara y pescuezo, las manos y antebrazos eran como piezas dispuestas para los estudios anatómicos: de tal modo la rugosa piel amarilla dejaba traslucir el cordaje de nervios y músculos, las azules venas y la osamenta desvencijada. La distancia entre el barrio de Peligros y las Cavas no le permitía visitar a la Torrubia con tanta frecuencia como deseara; hacíalo en los días buenos, arrastrándose por las mañanas hasta San Cayetano o la Paloma; y después de oír misa, echaba un párrafo con su amiga en el puesto donde vendía, o en la puerta de la iglesia. Por dicha suya, la Providencia le deparó nuevas amistades, y la más valiosa de aquellos días fue la que contrajo, por mediación de D. Bruno y de D. Serafín, con la tía de este, Doña Cristeta del Socobio, señora muy agradable y bondadosa, que al punto comprendió la profunda dolencia moral de la manchega, y puso de su parte cuanto podía para mitigarla. Desde los primeros instantes de su conocimiento simpatizaron, no teniendo poca parte en el repentino afecto de Doña Leandra por la Socobio la circunstancia de ser esta viuda de un manchego, natural de Piedrabuena; y aunque el difunto salió de su pueblo a los cinco años, y desde tan tierna edad no había vuelto a él, bastaba el origen para que Doña Leandra le tuviese en gran estimación, y mirase a la viuda como amiga predilecta.

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