Explore "Bodas Reales" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Pues un domingo por la tarde, volviendo de una placentera visita en Caballerizas, se corrieron Doña Leandra y Doña Cristeta hacia la Encarnación con ánimo de rezar; pero tuvo más fuerza en el ánimo de la camarista el apetito de golosinas que la devoción, y lo que hicieron fue comprar torrados y avellanas, y sentarse a roer y mascullar y escupir en los propios escalones de la iglesia, como dos chiquillas. A entrambas era muy grata aquella libertad, el perderse entre la multitud sin que nadie las conociera, y respirar el ambiente popular en que habían nacido. Con sus vestiditos de merino negro y su facha de honradas y limpias menestralas, creían desenvolverse mejor en el humano carnaval; y si Doña Leandra se conceptuaba siempre palurda manchega, en medio del bullicio y galas de la Villa y Corte, Doña Cristeta era una demócrata inconsciente, sin sospechar que pudiera existir incompatibilidad entre sus aficiones plebeyas y su intensísima fe monárquica.
«¡Qué bien estamos aquí -dijo a su amiga-, y cómo me gusta que la tengan a una por nadie, y que no nos hagan ningún rendibú! Cuando una ha vivido años y años dentro de la etiqueta, gran suplicio, coge con más gana la libertad. y hasta se alegraría de ser pueblo, como quien dice».