Bodas Reales by Benito Pérez Galdós — Read

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Vieron los chicos, no muchos días después, que entraba en la casa el clérigo de más exigua talla que sin duda existía en toda la cristiandad, D. Ventura Gavilanes, y al punto comprendieron que era el confesor manchego solicitado por su buena madre con tanta piedad como patriotismo. Mantuviéronse los muchachos silenciosos en su habitación, mientras Doña Leandra, que ya no salía del lecho, confesaba con el cura minúsculo; y cuando su hermana Lea les dijo que muy pronto se traería el Viático, hicieron sus cálculos para la distribución del tiempo en aquella tarde, pues no podían ni querían dejar de asistir a la piadosa ceremonia en su casa y al propio tiempo deseaban echar un vistazo a los Príncipes franceses, Aumale y Montpensier, que harían su entrada solemne en la Corte; suceso extraordinario y aparatoso que despertaba curiosidad vivísima en el vecindario de los Madriles. Pensaba Mateo que si el Señor no se retrasaba en salir de la parroquia y permanecía en la casa el tiempo preciso, sin que sobreviniera contingencia dilatoria, podrían los dos hermanos alcanzar la entrada de los Príncipes, apretando el paso desde Peligros a la Era del Mico y Mala de Francia.

Menos callejero y menos vivo que su hermano, Bruno había hecho también propósito de no perder la fiesta del día; pero cuando llegó el momento de traer al Señor y se llenó la casa de aquel místico, solemne, imponentísimo aparato, fue tal su aflicción y de tal modo se vio sobrecogido y dominado por el acto religioso, que se le fueron de la mente las ideas del espectáculo que a Madrid prometía tanto regocijo.

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