Explore "Los Ayacuchos" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Antes de salir de Logroño, fue asaltado D. Fernando de ideas tétricas. Recapitulando en su memoria los incidentes de la captura de Ibero y el largo viaje, se decía: «Este séptimo trabajo que mi mujer me impuso ha resultado tan fácil, que debemos dudar de su desenlace lisonjero. No he tenido que afrontar peligros, ni que dar batallas, ni que vencer obstáculos serios de la Naturaleza y de los demás hombres. Si después de tantas felicidades, llegáramos al fin del trabajo viendo realizado todo lo que apetecíamos, se alteraría el orden natural de las cosas humanas. Me apoderé de Santiago con la más tonta y rudimentaria de las maniobras; nadie me persiguió; ningún impedimento me ocasionó molestias; fácilmente también vi al pobre enfermo del alma renacer a la vida y a la razón, declarándome sus errores y disponiéndose a enmendarlos. En fin, que el hombre fue mío, y pude modelarlo entre mis dedos y hacer de él lo que a los planes de Demetria y míos conviene. La protección del Cielo ha sido bien manifiesta desde que emprendí el trabajo hasta la presente hora. En lo que falta, es forzoso que algo adverso sobrevenga, pues no hay ejemplo de que las empresas humanas sean en su totalidad tan a gusto del que las acomete. En esta mi aventura, que no merece tal nombre, todo ha sido caminos llanos, todo claridad, y tienen que venir veredas tortuosas y sombras tristes. Es inevitable, de todo punto inevitable, pues así está escrito en los libros del Destino, y la religión también nos lo enseña. Me causa miedo el cúmulo de chiripas que han marcado uno tras otro los días de mi expedición. A remachar tanta ventura vienen las cartas aquí recibidas: informada Gracia de que su hombre ha resurgido y es el mismo de los buenos días de sus amores, de que le llevo conmigo y vamos tan contentos a casarnos, cada uno con la suya, se ha curado de todos sus males, y no tiene ya más enfermedad que la manía de contar las horas que faltan para nuestra llegada. No, no; tanta dicha es imposible. Vería yo más lógica en el destino de los cuatro si al aproximarnos a Samaniego (adonde Demetria nos manda ir), supiéramos que Gracia había caído con calenturas, o que había ocurrido un incendio en la casa de La Guardia. salvándose todos, por supuesto.
También sería lógico que mi cautivo, próximo al fin de nuestras ansias, se cayera del caballo y se descalabrara. Con estos contrapesos de las facilidades y dulzuras del viaje, podría yo esperar un éxito dudoso, agridulce; con tantas venturas y todo tan ordenadito, no puedo creer sino que algún golpe nos espera, y alguna desazón muy gorda nos prepara la Providencia, el Acaso, Dios, en fin; pues si no, habría que suponer alteradas, en provecho nuestro, las leyes de la vida, que ordenan la contraposición y enclavijado de males y bienes. Tiene que ocurrir algo malo: lo que será, no lo sé. Tal vez que al vadear el Ebro nos ahoguemos Santiago y yo. que a Gracia la muerda un perro rabioso. o que. vamos, que Demetria se dé un pinchazo en un ojo con las agujas de hacer media, y se me quede tuerta. o que a mí me salga un grano en la nariz que me ponga como un adefesio.».