Explore "La Revolución de Julio" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sigüenza, 20 de Abril.- Al reanudar con tanta distancia de espacio y tiempo estas vagas Memorias, mi primer plumada será para explicar por qué quedó interrumpida y suspensa la última hoja de lo que emborroné con fecha 9 de Febrero. A punto que me acercaba a la terminación de aquel escrito, fui sorprendido por una carta de Sigüenza que, con los emolientes de costumbre, me notificaba la muerte de mi buena madre. Días antes habíamos recibido carta de ella poco firme de pulso, en los conceptos vigorosa: sólo nos hablaba de sus inveterados alifafes sin importancia, y se mostraba gozosa, muy esperanzada de vernos pronto por allá. Como nada temía, la triste nueva fue para mí un escopetazo, y María Ignacia, que amaba a mi madre tanto como a la suya, se afectó en tal manera que la tuvimos ocho días en cama. Con el vivo dolor mío y la dolencia de mi mujer, imagínese qué gusto tendría yo para redactar memorias. El fallecimiento de mi adorada madre parece que desató sobre mi familia todos los infortunios, y desde aquel aciago día de Febrero ya no hubo para nosotros tranquilidad. A poco de restablecida mi mujer, empezó nuestra niña a ponerse muy descaecida, y.
Aguárdense un poco: ahora caigo en la cuenta de que, por la quemazón de mis papeles del 51, no sabe la Posteridad que el Cielo me concedió una niña, la cual no nació tan robusta como su hermanito; que la pusimos por nombre Librada, como mi madre, y que desde los primeros meses de su existencia nos dio no poca guerra con el quita y pon de leches, pues atribuíamos el desmedro a las malditas amas. Ya la teníamos al parecer metidita en caja, cuando de improviso se nos echó de nuevo a perder, y luchando hemos estado, hasta que al fin, hartos de doctores y tratamientos, resolvimos venirnos con las dos criaturas a esta saludable tierra y a estos purísimos aires. Tanto a Ignacia como a mí nos probó muy bien el cambio de suelo, de ambiente, y de paisanaje sobre todo, pues en este sentido Madrid me iba pareciendo ya tierra clásica de majaderos. La niña también ha mejorado, y el primogénito está hecho una fiera de apetito y codicia vital. He llegado a creer que la sombra de mi madre, vagando entre nosotros, nos arregla la vida del modo más llevadero y fácil; misteriosa tutela de ultratumba, que uno cree y admite como se creen otras cosas sin someterlas al contraste de la razón. Doy en pensar que la santa señora nos trae, en forma de consuelos, proyecciones de la Bienaventuranza con que Dios ha premiado sus virtudes. Y de Memorias nada, porque aquí no hay vida pública; ningún acontecimiento sonoro rompe el plácido runrún de la existencia.