Explore "La Revolución de Julio" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
No le dejé concluir: ya el sonsonete de su voz, que había empezado festiva, volviéndose gradualmente cavernosa y lúgubre, retumbaba en mi cerebro como el insufrible aleteo del moscardón. Con un socorro pecuniario correspondí al ofrecimiento de sus servicios, y puse precio razonable a su filosofía policíaca, forma vaga de humanismo no disconforme con mis ideas. Para él sería yo el verdadero Gobierno, el Estado efectivo; y pues mi bolsa suplía las escaseces de la nómina oficial, a mí debía darme Sebo el fruto informativo de su trabajo, entendiéndose que jamás haría yo uso inconveniente de tan extraña subrogación. Retirose el hombre muy contento, y aquel mismo día por la tarde medio pruebas del entusiasmo y diligencia con que a mí se acogía, llevándome nuevos informes del Bartolomé Gracián, los cuales avivaron hasta lo indecible la curiosidad que aquel extraño conspirador había despertado en mí. Y el gran Sebo, como si su memoria fuese un canasto repleto de inútiles cosas cuya pesadumbre le estorbaba, vació en mis oídos estos fragmentos de Historia privada.
Es Gracián el más atrevido y el más afortunado mujeriego de España y sus dominios. Su extraordinaria guapeza de figura y rostro le dan las primeras armas; las completa y afina con su increíble atrevimiento y con su exquisita labia para trastornar el seso a las hembras. Desde que fue hombre, declaró guerra sin cuartel a dos principios fundamentales: la moral doméstica y la disciplina militar. Es éste en él un doble apetito, una doble pasión que le coge toda el alma, sin dejar espacio para más.