Explore "España Trágica" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sin menoscabar el respeto que a su buen padrastro debía. Vicente se cuidaba poco de seguir su criterio para la elección de libros. Reanudó sus visitas al cuchitril aduana del amigo Durán, y anhelando nutrir su pensamiento con doctrinas fundamentales, recibió de manos del mercader importador las obras de Ahrens y de Spencer. Cargó luego con lo último de Proudhon y con La Democracia en América, de Tocqueville, libro que volvía locos a todos los políticos de aquel tiempo. En la librería, corriendo los últimos días de Febrero del 70, hizo conocimiento con Manuel de la Revilla y amistad con Eusebio Blasco.
Vinieron días apacibles que Halconero aprovechó para su peregrinación al santo nicho de San Justo, que guardaba el Lucero de la tarde. Acompañábale Enrique Bravo en esta devoción de amor viudo, y del cementerio se corrían a Carabanchel, entreverando, en sus pláticas de paseantes, el Federalismo con la literatura, y las ideas permanentes con la transitoria y voluble actualidad. Hablaban de las dificultades que se acumularon en el camino de Prim por las cuestiones económicas y el proyectado empréstito con el Banco de París. Los haces de la mayoría se desataban. Unionistas, demócratas y progresistas saldrían pitando, cada cual por su lado, y adiós Gobierno, adiós Prim, y adiós restauración monárquica. Entre col y col, sacaban a relucir la lechuga del Concilio Ecuménico, que a la sazón estaba reunido en Roma para darnos el nuevo dogma de la Infalibilidad del Pontífice. De esto, por caprichosos brincos del pensamiento, pasaba Enrique a referir que se había divertido locamente en el último baile de Capellanes, o en el teatro-café de Calderón.