O'Donnell by Benito Pérez Galdós — Read

Explore "O'Donnell" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.

Echose a reír la moza con el airado discurso de Centurión, y llegándose al dueño de la cerería, don Gabino Paredes, que arrobado la contemplaba, los codos en el mostrador, el rostro en las palmas de las manos, le dijo: «¿Verdad, Gabinico, que tú no me echas de tu casa?». Y el cerero, revolviendo algo en su boca, completamente desdentada, le contestó: «Ni yo ni el amigo Centurión te arrojamos de esta humilde tienda. Ha sido un decir, rica: no te enfades. Y para que veas que me acuerdo de ti, toma este caramelito.». Cuando los sacaba del hondo bolsillo de su chaqueta, alargó Centurión la mano diciendo: «Deme otro a mí, don Gabino, que del berrinche que he cogido con esta tragedia, se me ha secado la boca». Hizo el cerero ronda de caramelos, dando la mayor parte a Rafa y a su compañera, que con Sebo platicaba, y chuparon todos, refrescando sus secos paladares. La segunda pájara, de apodo Jumos, mujerona en el ocaso de la juventud, con restos manidos de un gallardo tipo de majeza, tomó la palabra en contra del señor de Centurión, desarrollando sus argumentos con razones no mal concertadas: «Pues si el pueblo no hace la justiciada en ese capataz de los guindillas, ¿quién la hará?. ¡contra con Dios! ¿El Gobierno nuevo que venga le había de castigar? Y vostedes los patriotas nuevos, ¿qué serían más que lameplatos del Chico? Hala con él, y reviéntenle para que no haga más maldades. él comía con el Gobierno, comía con el ladronicio. ¿Que robaban a vostedes el reloj? Pues para recobrarlo, no tenían más que abocarse con don Francisco, que devolvía la prenda por un tanto más cuanto, según el por qué de la persona. Alhajas muchas pasaron de sus dueños a los ladrones, y de los ladrones a sus dueños, todo con su porsupuesto, menos cuando las alhajas le gustaban a Chico, que tan fresco se quedaba con ellas. De sus ganancias prestaba dinero, a seis reales por duro al mes, mediando el portero Mendas y uno de la calle de la Palma, con trazas de clérigo, que le llaman don Galo, y también el Chato de Pinto, por ser de Pinto mismamente.

-Invenciones de la plebe -dijo Centurión menos fiero que antes-; malquerencia de los que Chico perseguía por revoltosos.

Reading navigation