Explore "O'Donnell" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Linda era como un ángel Teresita Villaescusa, como un ángel a quien Dios permitiese abandonar la solemne seriedad del Cielo, adoptando el reír humano. Porque, según los doctores en belleza, la de Teresita Villaescusa no habría sido tan completa sin aquel soberano don de sonrisa y risa que le iluminaba el rostro y le descubría el alma. A todos encantaba su gracia ingenua, y la amistad y el amor se le rendían. La tez de un blanco alabastrino, el cabello castaño, los ojos negros: ¿verdad que no pudo idear combinación más bonita el Supremo Autor de toda hermosura? Pues espérense un poco, y verán qué obra maestra. Hizo el cuerpo de proporciones discretas, ni largo ni corto; el talle esbelto, los andares graciosos, el pecho lozano. Y decían admiradores de Teresa que se había esmerado en la dentadura, haciéndola tan bella y nítida como la de los ángeles, que ni ríen ni comen. La inocente niña, que en sociedad era el hechizo de cuantos la trataban, en la intimidad doméstica se encerraba, según decía su madre Manolita Pez, en una gravedad taciturna, con tendencias a la melancolía. Educada en completa libertad de lecturas, Teresa devoraba cuantos libros caían en sus manos, novelas sentimentales o de enredo, obras picarescas, y hasta tratados ascéticos y místicos. A los diez y ocho años gustaba menos del teatro que de la iglesia, y se dejaba llevar de sus tías, las señoras de Pez, a novenas y triduos. Daba cuenta de los ritos y solemnidades eclesiásticas a que asistía, bien compuesta y acicalada con sencilla elegancia, pues el gusto de arreglarse bien era otro de los dones con que quiso agraciarla el Soberano Fabricante de toda belleza. Su apacible dulzura y su querencia de lo espiritual, y aun su pulcritud modesta, daban motivo a que la madre dijese: «Esta hija mía acabará por ser monja». Confirmábala en tal creencia el tesón con que Teresita, después de sonreír y reír con cuantos muchachos se le acercaban, no entraba con ninguno. Admitía bromas galantes; pero en cuanto le hablaban de relaciones y de noviazgo, se metía en la concha de su seriedad, y desaparecían de la vista de sus admiradores los maravillosos dientes.
El coronel don Andrés de Villaescusa, excelente militar, era hombre poco doméstico. Pesábale el techo de su casa; ardía el suelo bajo sus pies: las altas horas de la noche le encontraban en tertulias de cafés o casinos. Liberal en política, lo era más aún con su mujer, a quien dejaba en la plenitud de los derechos, sin ningún rigor en los deberes.