O'Donnell by Benito Pérez Galdós — Read

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Concuerdan todos los historiadores en que fue un día de Febrero del 56 cuando Teresita Villaescusa despidió a su vigésimo sexto novio, Alejandrito Sánchez Botín, joven elegante, con buen empleo en Gracia y Justicia, y además medianamente rico por su casa. Tan bellas cualidades no impidieron que Teresa le diese el canuto con la fórmula más despectiva: «Alejandrito, su figura de usted me empalaga, y su elegancia se me sienta en la boca del estómago. Va usted por la calle mirándose en los vidrios de los escaparates para ver cómo le cae la ropa. y cuando no hace esto, hace otra cosa peor, que es mirarse los pies chiquitos que le ha dado Dios, y las botitas bien ajustadas. Ea, ni pintado quiero ver aun hombre que gasta pies más chicos que los míos. ¿Que tiene usted una tía Marquesa, y en La Habana un tío que apalea las onzas?. Bueno: pues déles usted memorias. y que escriban. ¿Que su papá le ha prometido comprarle un caballo, y que cuando lo tenga me paseará la calle, y hará delante de este balcón piruetas muy bonitas? Ándese con cuidado, no se le espante el animal y se apee usted por las orejas, como aquel otro que conmigo hablaba. No le valió ser de Caballería. Créame: no le conviene andar en esos trotes. Usted a patita, pisando hormigas con ese calzado tan mono, o en el coche de su tía la señá Marquesa. Y otra cosa, Alejandrito: ¿de dónde ha sacado usted que es elegante dejarse crecer una uña como esa que usted lleva, larga de una pulgada, y emplear en cuidarla y limpiarla tanto tiempo y tanta paciencia? ¡Bonito papel hace un caballero mirándose en la uña como si fuera un espejo, y acompasando los movimientos de la mano para que no se le rompa esa preciosidad!. esa porquería, digo yo, por más que la limpie con potasa y la tenga como el marfil. Por todas estas cosas, me es usted antipático, y si admití sus relaciones fue porque mamá se empeñó en ello, y no me dejaba vivir. Alejandrito por arriba, Alejandrito por abajo, como si fuera Alejandrito la flor de la canela. En fin, diviértase, y cuide bien la uña, que esas cosas tan miradas, y en las que se ponen los cinco sentidos, se rompen cuando menos se piensa. Agur. y no se acuerde más de mí.».

No constan las protestas que debió de hacer el galán de la uña despedido con modos tan expeditos y desusados. Ello es que tomó la puerta, y que Manolita Pez se lió con su hija en furioso altercado por aquella brutal ruptura, que en un instante destruía los risueños cálculos económicos de la egoísta mamá. Entró poco después de la disputa Centurión: iba no más que a preguntar por su primo Villaescusa, que aquellos días había tenido un fuerte y alarmante acceso de su mal en provincia lejana. Manuela le tranquilizó, mostrándole una carta de Andrés de fecha reciente. Hablaron un poco de política, que era el hablar más común en aquel revuelto año, y Teresa, con jovial malicia, se entretuvo en mortificar a su tío con las bromas que más en lo vivo le lastimaban. Cogió de la mesa un número de El Padre Cobos, como si cogiera unas disciplinas, y sin hacer caso del gesto horripilante de Centurión y de la airada voz que decía: «¡no quiero, no quiero saber!», leyó esta cruel sátira: «Se conoce a la Moralidad progresista por el ruido de los cencerros. tapados».

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