O'Donnell by Benito Pérez Galdós — Read

Explore "O'Donnell" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.

Y esa historia sin letras dice que Teresita se instaló en la misma casa del ya referido banquete, días después de la partida de Aransis para la gloriosa y coruscante Atenas, como Encargado de Negocios de la Católica Majestad de Isabel II en aquel Reino. Obra fue del buen amigo Beramendi este destierro, ayudado por Narváez, quien tomó el asunto como propio y lo resolvió con diligencia. Llamado a París Isaac Brizard por el reclamo de sus negocios, determinó partir en Noviembre, llevándose a Teresa, conforme a lo convenido. Ni a esta causaba temor el viaje en pleno invierno, ni quería separarse de Isaac, que era para ella el mejor de los hombres, extremado en la bondad y en la largueza, prodigando sin tasa su dinero como su cariño. Sobre el punto interesante del estipendio de amor, Teresita veía colmadas sus ambiciones. El gozo de ver satisfechos todos sus gustos se completaba con la dicha de tener sobrantes y de atender con ellos a necesidades ajenas, empezando por su madre, que era una boca no fácil de tapar. Pero en aquella venturosa etapa para todo había.

Con sus íntimas amigas tuvo Manolita Pez algunas confianzas que merecen ser consignadas en estos papeles: «A Teresa la ha venido Dios a ver con ese francés tan frescachón y tan caballero. Ya quisieran los nobles de aquí parecérsele en la lozanía del rostro, que es lo mismo que una rosa, y en la mano siempre abierta para complacer a su adorada. Yo le he dicho a Teresa que no aparte sus ojos del porvenir. Además del tanto fijo que Musiú Brizard le señale para la vida corriente, debe mi hija poner todo su talento en sacarle un millón. ¿Qué es un millón para una mujer de tanto mérito? Y con este capitalito ya puede la niña echarse a dormir. El día de mañana, si ese señor pasa a mejor vida, lo que no quiera Dios, o si por envidia le arman algún enredo para que rompa con mi hija, esta podrá bandearse sola, sin tener que aguantar las pejigueras de un vejete baboso, de un puerco, de un tío cargante; y aun podría encontrar proporción de matrimonio. Con el milloncito todo se olvidaría, ¡vaya!. ¡Y que tendría mi Teresa mal gancho para pescar marido; y este no había de ser un cualquiera, sino persona de algún viso, y quizás con el pecho cargado de cruces y bandas!».

Reading navigation