O'Donnell by Benito Pérez Galdós — Read

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¡No había caído mala nube sobre nuestra pobre España! Los moderados, con el brazo férreo de Narváez y la despejada cabeza de Nocedal, estaban otra vez en campaña, comiéndose los niños crudos, y los buenos platos guisados del presupuesto. Todo para ellos era poco: ni una plaza dejaron para los infelices del Progreso y la Unión. A los españoles que no eran borregos del odioso moderantismo, les miraban como clase inferior, esclava y embrutecida. ¿Era esto gobernar un país? ¿Era esto más que una feroz política de venganza? A la Ley de Desamortización dieron carpetazo, y en cambio sacaban nueva Ley de Imprenta, que no era más que un régimen de mordaza, de Inquisición contra la grande herejía de la verdad. Temblaban los ciudadanos que en su vida tenían algún antecedente liberal; otros defendían sus personas y haciendas con el ardid de la adulación. El alma de España cubríase de las nieblas del miedo y en sí misma se recogía, como los inocentes acusados y perseguidos que al fin llegan a creerse criminales.

Ya no se atrevía el iracundo Centurión a soltar en público sus honrados anatemas. Temeroso de que sobre él o sobre sus buenos amigos recayese algún duro castigo, licenció la tertulia del café de Platerías. Los leales que le escuchaban como a un oráculo hubieron de congregarse en la propia casa o templo de don Mariano, que al quedar cesante, tuvo que cambiar la dispendiosa vivienda en la calle de los Autores por otra más reducida y barata en la de San Carlos, esquina a Ministriles. Lo más doloroso de la mudanza fue el transporte de jardines balconeros, y la precisión de deshacerse de corpulentos árboles y enredaderas vistosas que no tenían espacio en la nueva casa. Sobrellevó con cristiana paciencia doña Celia este desmoche de su riqueza forestal, y don Mariano, en un arranque de amargo pesimismo, entristeció más el alma de su esposa con estos lúgubres conceptos: «Abandona, Celia, todas tus plantas aromáticas y floridas, y trae a tus balcones un ciprés y un llorón, únicos árboles que ahora nos cuadran. Cadáveres o poco menos somos, y nuestra casa cementerio».

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