O'Donnell by Benito Pérez Galdós — Read

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Aunque debía su puesto a los hombres de Julio, el gran Sebo era una excepción venturosa en nuestra política, y no estaba cesante bajo la dominación moderada. Decía de él Centurión que era una de esas lapas que no se desprenden de la roca sino hechas pedacitos. El caso fue que en la crisis de Octubre del 56, la subida de Narváez hirió a Telesforo en lo más sensible de su dignidad. ¿Con qué cara continuaría en su empleo, él, que bien podía contarse, y a mucha honra, entre los hombres de Vicálvaro? ¿Presentaría la dimisión antes que un ignominioso puntapié le lanzara a la calle? En tales dudas estaba, cuando su protector, el Marqués de Beramendi, confortó su turbado espíritu con estas razones: «Usted no dimite, ni le dimiten, porque es un funcionario irreemplazable en el organismo de la Administración. Y para que el amigo Nocedal así lo comprenda, y detenga la mano aleve que a estas horas emborrona las cesantías, voy a prevenirle al instante, diciéndole quién es Sebo y lo que significa y vale». Así lo hizo Fajardo, y no fue preciso más para que las narices de perro pachón se salvaran del desmoche, y ejercieran su olfato en servicio del nuevo Ministro.

Un año después de esto, en Octubre del 57, tuvo que ver Beramendi a Nocedal para un asunto que vivamente le interesaba; mas antes de ir a Gobernación, habló con Telesforo, habilísimo en descubrir hechos ignorados y en encontrar la relación de ellos con otros conocidos. De él sacó Beramendi cuantos datos podían servirle, y se fue derecho a Nocedal, cogiéndole en su despacho a la hora en que le creyó menos agobiado de visitantes políticos y de pretendientes jaquecosos.

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