Prim by Benito Pérez Galdós — Read

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Movidos los estudiantes de un pensamiento generoso, que era proyección del pensamiento general, resolvieron obsequiar con una serenata al Rector saliente. Pedido y otorgado por el Gobernador el necesario permiso, se dispuso la música para las nueve de la noche, y un público espeso acudió a la calle de Santa Clara con bullicio y animación de fiesta. Si la serenata era en aquella ocasión un acto corriente y usual como otros de la misma índole y objeto, ¿por qué a presenciarla y a gozar de ella acudía tan inmenso gentío? Beramendi, que con su amigo Guillermo de Aransis asomó las narices por las inmediaciones del teatro de Oriente, sin otro móvil que curiosear, dijo así: «Cuando un pueblo tiene metido el motín en el alma, basta que se reúnan diez y seis personas para que salgan diez y seis mil a ver qué pasa».

No obstante, motivo no había para temer desórdenes. De improviso vieron los amigos que se arremolinaba la multitud. A la claridad de los farolillos de los atriles, junto a los cuales estaban los músicos, algunos con la boca pegada ya a los instrumentos, se vio que los guardias de seguridad mandaban suspender la tocata. ¡A enfundar los instrumentos, a recoger los atriles, y a casa todo el mundo! ¿Serenata dijiste? No fue mala la que dieron los silbidos de la muchedumbre, el maldecir a la política, y el prorrumpir hombres y mujeres en soeces injurias contra el Gobierno. Resguardáronse Beramendi y Aransis del empuje de la turba enojada, que retrocedía enroscándose como culebra, y arrimados estaban a la pared, no lejos de la calle de la Escalinata, cuando se les plantaron delante dos mujeres gritando y manoteando. Eran las Hermosillas, dos hermanas de vida airosa o aireada, guapas: la mayor, Rafaela, ya marchita; Generosa, todavía bien redondeada. En su vivir azaroso, vestían a la moda señoril o a la de pueblo, según el estado de su voluble hacienda. Aquella noche iban en la forma más achulapada; habían salido de sus madrigueras con la idea de que era noche de libertad y palos. En los barrios del Sur eran conocidas con el apodo de las Zorreras, por ser hijas de un fabricante y vendedor de zorros que figuró en la revolución del 54. A Guillermo de Aransis conocía la mayor, por pasajeros tratos, y con Beramendi había tenido Generosa algún encuentro no casual, grato sí, pero pronto olvidado.

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