Prim by Benito Pérez Galdós — Read

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Siguiendo a Ibero con la vista hasta que desapareció, envidiaba Teresa lo que el gallardo mocetón semisalvaje entendía por vida libre, y consideraba dignas también de envidia las misiones secretas que a su parecer llevaba. Al volver a su casa sorteando los baches de la carretera endurecidos por la escarcha, pasaron junto a ella hombres a pie. Teresa les miró: eran caras conocidas; figuras militares vestidas de paisano. Viéndoles seguir la misma dirección que llevaba Ibero, decía para sí: «¿A dónde irán esos?. A mí no me engañan. ¡Prim, Libertad!.».

Después de dar un vistazo a su madre, a quien halló profundamente dormida, volvió a pasear por el camino real, acercándose a la cabecera del puente sobre el Tajo. Antes de que a este sitio llegara, vio venir cuatro jinetes; apartose para dejarles paso, y uno de ellos, reconociéndola y llamándola por su nombre con muestras de gozo, paró su caballo. Aunque iba vestido de zamarra, al modo de trajinante rico, y se había dejado la barba, Teresa le conoció: era Clavería. El caballero iba sin duda de prisa, y abreviando su saludo, entró en materia con rápida y nerviosa frase. Véase lo que dijo: «¡Qué suerte encontrar a usted aquí, Teresa!. La Providencia anda en esto, de seguro. Óigame un momento, un momento no más. ¿No sabe usted lo que le pasa al pobre Jacinto? No debe de saberlo; la veo a usted tan tranquila. Pues en Villamanrique tuvo la mala suerte de perder el dinero que tenía. y el que no tenía. Locuras, Teresa, que en estas circunstancias graves son la perdición de los hombres. Terribles traspiés y caídas ha dado el pobre Leal desde que anda solo por estos pueblos. ¿Y usted por qué le deja solo?. ¿De veras no sabe que Jacinto fue preso por la Guardia civil a consecuencia del altercado en Villamanrique? Y no es eso lo peor. Acá le traían con dos criminales cogidos en Belmonte. Pararon en una venta. Jacinto y sus compañeros de desgracia acometieron a los guardias cuando estaban cenando, y gravemente hirieron a uno, golpeándole con una barra. De los presos, uno fue muerto; el otro y Jacinto lograron escapar; vadearon el Tajo. Escondidos están en una casa que verá usted como a doscientas varas al lado allá del puente (señaló al Este). Va usted por aquí; pasa el puente; sigue por un arrabal de casuchas pobres. después por zarzales que costean un prado. La casa está en ruinas y es llamada del Águila. No tiene pérdida. La reconocerá usted por un águila de chapa de hierro clavada en una veleta mohosa. que no gira. Lo que yo digo: a usted no le será difícil sacarle salvo de allí, de noche, llevándole ropas de cura o de pastor con que se disfrace».

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