Prim by Benito Pérez Galdós — Read

Explore "Prim" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.

Siempre le fue antipático a Teresa el administrativo personaje. Su alianza con él, gestionada por la sutil tramposa, se le hacía muy dura; por fin, en la situación psicológica que le trajo inopinadamente su destino, el hombre la estomagaba. Devolvía su persona o la vomitaba como el bolo gástrico de un alimento indigesto, venenoso. Disimuló heroicamente ante su madre las bascas que sentía, y la dejó concluir así: «Pues ahora, prenda, te dejo otra vez. No he venido más que a calmar tu impaciencia. Don Enrique me ha citado en la oficina de Sementales para darme dinero y sus últimas instrucciones. pues en caso de que en Aranjuez encontremos testigos pegajosos, debemos seguir a Madrid, donde, por la reunión y revoltijo de tantas almas, hay más libertad y menos cuidado de criticones. Tú te estás aquí quietecita hasta que yo vuelva, y vas recogiendo todo por si es de necesidad que esta misma tarde salgamos pitando, y luego sabrás el dinero que me da. Pienso que no ha de ser poco, si paga como Dios manda esta vida de vagabundas que llevamos por él».

Desobediente a lo que su madre le mandaba, echose Teresa a la calle minutos después de Manolita, y a distancia discreta la fue siguiendo hasta el lugar llamado Sementales, por una larga calleja transversal que iba a parar cerca de la cabecera del puente. Apostada junto al tronco de un árbol, como a treinta pasos de la portada del Depósito, vio entrar a su madre; vio, además, dos guardias civiles hablando con dos paisanos. Los cuatro entraron luego y volvieron a salir. La presencia de los guardias infundió a la pobre mujer pavor intenso y un deseo muy vivo de intentar el salvamento de Leal. ¿Pero cómo, si carecía de todo recurso para tal empresa, y a nadie conocía en el pueblo? Nunca como en aquella ocasión echó de menos a Felisa. Si allí estuviera su fiel criada, en ella tendría un auxiliar poderoso, pues era mujer lista, que se metía por el ojo de una aguja. Privada de tal auxilio, a cuantas personas vio, hombres y mujeres, atentamente miraba, tratando de encontrar en los rostros signos indicadores de bondad y nobles sentimientos. Pero aun contando con las almas caritativas, poco hacer podría, por falta de dinero. Con lo que sustrajo del bolsón de su madre aquella mañana, la segunda vez que esta la dejó sola, no tenía ni para empezar. Y ni su madre ni Oliván habían de darle lo que para tal empresa necesitaba.

Reading navigation