Explore "Prim" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Penetrando en el espíritu de Jesús Clavería y leyendo en él la verdadera intención del interés que por Teresa se tomaba, lo primero que se encuentra es la piedad, después el egoísmo, que en todo hombre existe más o menos imperante, aunque lleve el nombre de nuestro Salvador. Pensaba el amigo de Leal que muerto este, le correspondía la herencia de los únicos bienes que al morir dejaba, las gracias de Teresa. La viudez de esta no podía ser larga, si en Madrid hacía feria de sus encantos. Pues él, Jesús Clavería, la libraba del sonrojo de buscar nueva protección, y conociéndose ambos como se conocían, seguramente habían de llegar a formal inteligencia. Firme en esta idea desde el instante en que la encontró desolada en el casucho de Villarejo, determinó llevársela en el convoy hasta donde pudiese sin escándalo. Procuraba que ni sus compañeros ni el General le descubrieran el botín. De aquellos temía la envidiosa rivalidad; de Prim que prohibiese llevar en su ejército sublevado impedimenta de mujeres.
De Santa Cruz de la Zarza salieron el día 5, buscando los caminos manchegos. Por el excelente espionaje que le servía, supo Prim que el General Zabala, destinado a perseguirle con tres batallones de Infantería, seis escuadrones y ocho piezas de batalla, había llegado a Villarejo en la noche del 4. ¡Qué acertado fue inutilizar el puente! Zabala no podía seguir otro camino que el de Colmenar y Aranjuez para cortar el paso a los sublevados en algún punto de la línea de Alicante, si estos la pasaban para tomar la dirección de Portugal. Pero Prim picó espuelas, y arreando toda la noche adelantó muchas horas a Zabala. Al amanecer del 6, divisaba los molinos de viento de Tembleque. ¡Oh Mancha, oh tierra del ensueño caballeresco!. Por cierto que en aquel punto quiso Teresa quedarse; mas la disuadieron con el engaño de que la columna pasaría por la propia Herencia. Notó Ibero que la pobre mujer no se rebelaba ya tan enérgicamente contra estas fábulas, o que iba entrando en la superchería, dejándose querer, dejándose llevar. Y el bravo Teniente Coronel, acariciando sus gratos pensamientos amorosos, se decía: «¡Qué Herencia ni qué niño muerto! Aquí no hay más herencia que la mía, que yo la heredo, que Leal me ha dejado por heredero. y aquí no ha pasado nada».