Prim by Benito Pérez Galdós — Read

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En Urda ya la columna, el General, sus amigos y la oficialidad se alojaron en el palacio, que parecía castillo. Los restantes acomodáronse en las dependencias, y a la tropa se le dio orden de acampar en el lugar más abrigado del monte, con permiso de hacer hogueras, cortando toda la leña que fuese menester. El General repartiría entre sus leales soldados la bucólica y la bebida fina que en sus bodegas y despensa guardaba. La juvenil alegría dio a los soldados increíble presteza para proveerse de combustible y encender buen número de fogatas. Los grupos, bulliciosos, se formaban, se descomponían y volvían a formarse por improvisadas o antiguas atracciones de amistad. Toda la loma próxima al castillo se convirtió en verbena, iluminada por las llamas y por el júbilo que encendía los corazones. No sintió poco el buen Clavería tener que aceptar alojamiento dentro del castillo. Rehusarlo sin que se trasluciera la causa de su desgana, no podía ser; y aunque Milans y Monteverde estaban en el ajo, y quizás el General, la dignidad no le permitía descubrir su flaco. Dispuso que Teresa vivaquease en un sitio que él designó, en los extremos del campamento; mandó arrimar el carro, encender una buena fogata, y se llevó consigo a Ibero para enviarlo luego con lo mejor que pudo encontrar: fiambres excelentes, botellas de Burdeos y Borgoña, y un palomino de añadidura.

Bien se le conoció a Teresa que era de su agrado el campamento nocturno con aire y toques de verbena, sin duda por ser cosa no esperada y novísima, contraria totalmente a las privaciones propias de un ejército en campaña. A pesar del frío, le causaba desazón el resplandor ardiente que en la cara recibía, y con la venia de su guardián se apartó al resguardo de unas retamas espesas, que eran cómoda pantalla frente a la hoguera. Quedaba, pues, la buena moza en una sombra agujereada, y así recogía un calor discreto cernido por los huequecillos de la planta. Allí fue Ibero para llevarle el pichón asado, un fiambre superior, galletitas sabrosas y vino de Burdeos. Todo esto en platos, con tenedores, cuchillos, vasos, y cuanto se necesitaba para cenar con limpieza, que así las gastaba el castellano de Urda con sus comensales, ya se albergaran en el castillo, ya camparan a la intemperie. Los soldados sabían prescindir de tales adminículos, empleando el desembarazado servicio de sus dedos. Retenido por Teresa, que quiso darle parte en todo lo que cenaba, Santiago se sentó a la sombra de las retamas, junto a la hermosa mujer, y observando que comía con mediano apetito, le dijo: «Bien se ve que va usted reponiéndose, y que todas aquellas tristezas y ganas de morirse se han ido quedando en las zarzas del camino. Por eso no hay cosa mejor que correr, correr por el mundo.

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