Narváez by Benito Pérez Galdós — Read

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El camino carretero por donde veníamos, que es el de Guadalajara a Soria por Almazán, aún no concluido, se nos acabó en Rebollosa de Jadraque, y con él la comodidad del coche. Mandamos este a Sigüenza; de aquí salieron a nuestro encuentro, prevenidos del itinerario, mi padre y mi hermano Ramón con buenas caballerías, y en ellas continuamos el viaje hasta la gran Atienza, donde ya estaba instalada mi madre con dos semanas de antelación preparando el formidable avío de nuestro alojamiento. Triunfal como entrada de reyes fue la nuestra en la muy noble y muy leal villa, en tiempos remotos tan despierta y gloriosa, ogaño pobre, olvidada y dormilona. A distancia de más de media legua por el camino de Angón, salieron a recibirnos multitud de jinetes en asnos, mulas y rocines, enjaezados con sobrejalmas y pretales de borlones rojos, precedidos del tamborilero y dulzainero, que oprimían los lomos de unas poderosas burras blancas. En medio de la gallarda procesión vi el estandarte de la Hermandad de los Recueros, y al término de ella se me aparecieron el que venía como Prioste y otros dos que hacían de secretario y seise, a su lado un cura, que hacía el abad, de luenga capa los paisanos, el cura con balandrán, los cuatro caballeros en lucidos alazanes. Y apenas llegó cerca de nosotros la interesante cuadrilla, empezó un griterío de aclamaciones y plácemes cariñosos, mezclados con vítores o simplemente berridos de júbilo. Al punto comprendí que los vecinos de Atienza, en obsequio mío y de mi esposa, reproducían la carnavalesca y tradicional procesión llamada la Caballada, con que la Hermandad de los Recueros conmemora, el día de Pentecostés, un hecho culminante de la historia de Atienza. A la de España tengo que recurrir para dar una idea del origen de esta venerable fiesta que ya cuenta siete siglos y medio de antigüedad.

Menor de edad el Infante D. Alfonso, que luego fue el VIII de su nombre, vencedor en las Navas, anduvo de mano en mano, cogido y soltado, entre guerras y alteraciones sangrientas, por los señores feudales que se disputaban su tutela. Ya le tenía D. Gutierre de Castro, a quien el Rey Don Sancho había designado para la regencia, ya los Laras y otros tales, hasta que su tío Don Fernando, Rey de León, entró por Castilla, y apoderándose del chiquillo Rey, consiguió que las Cortes de Soria confirmaran a su favor la entrega de Alfonsito y de las rentas reales.

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