Narváez by Benito Pérez Galdós — Read

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Llamados por las obligaciones de su oficina regresaron padre y hermano a Sigüenza. La compañía de mi madre colmaba todos los anhelos de nuestro corazón, y como sociedad, bastante teníamos con los amigos que nos visitaban, descollando en nuestro afecto el Sr. D. Buenaventura Miedes, erudito investigador de las antigüedades atenzanas. Por su extremada bondad, por la pureza de su alma candorosa, le perdonábamos la pesadez e inoportunidad de sus históricas lecciones, y llevábamos con paciencia las prolijas noticias que nos daba de la antigua Tutia, capital de los afamados Thicios. Todo esto, así como las guerras de Sertorio, la traición de Perpenna, la muerte alevosa que este dio al arrogante tribuno militar, nos tenía sin cuidado. Una tarde entera de las de la huerta, nos tuvo con las ansias del fastidio contándonos la batalla que riñeron el dicho Sertorio y un tal Metelo en las inmediaciones de Sigüenza. Luego nos habló del monte llamado Alto Rey, y del hondo valle que al pie de esta eminencia y frente a nuestro Castillo se abre, desde la cuenca del Henares a la del Duero. «Esta angostura - nos dijo -, es el pasadizo habitual de la Historia de España. Iberos y romanos, castellanos y agarenos han entrado y salido por él en sus invasiones y continuas guerras. Por allí pasó Almanzor cuando vino a encontrar la muerte en Medinaceli; por allí pasó el Cid cuando despedido del Rey emprendió la gloriosa campaña que nos cuenta y canta el Romancero; por allí todos los Alfonsos; por allí en nuestro siglo el General Hugo; por allí el Empecinado; por allí Cabrera.».

Sólo mi madre ponía en aquellas rancias historias una deferente atención, que no por manifestarse con la fijeza de los ojos y la benévola sonrisa era menos inconsciente. Oyéndole otra tarde repetir el nombre de Sertorio, preguntó mi madre si el caballero romano de este nombre era o pudo ser antecesor de nuestro contemporáneo D. Luis Sartorius, Conde de San Luis, pues la semejanza de ambos términos hacía creer que fueran un solo apellido alterado por el tiempo. Acudí yo pronto a desvanecer lo que juzgaba disparate; pero el eruditísimo Miedes, que como buen caballero no quería que el corto saber histórico de mi madre quedase desairado, tomó la palabra y salió por este hábil registro: «No diré yo que los Sartorius de Sevilla vengan del romano Quinto Sertorio; pero tampoco lo negaré, pues sabido es que la larga permanencia de este en España dejó sin duda semilla en toda la región Tarraconense y aun en la Lusitana y Bética. No obstante, con permiso de mi señora Doña Librada, me atreveré a poner en cuarentena toda etimología romana de apellidos españoles, pues aun a la del mismo Diego Porcellos, poblador de Burgos, que según el Cronicón Emilianense era el apellido señorial más antiguo, le ha negado la moderna crítica el abolengo romano, y demostrado está que no viene de procella, como quien dice, tempestad; ni de porcelli, reunión o ayuntamiento de animalitos de la vista baja, con perdón; ni tampoco se debe buscar su origen en el Monasterio de Porcellis, en territorio de Oca, como asientan Sandoval y Berganza; ni en el señorío de Porciles, perteneciente a la mitra de Burgos, según el libro Becerro, resultando que ni por una parte ni por otra se puede probar que fuera romano el tal Porcellos, cuyo verdadero nombre castellano fue Didacus Roderici, que es como decir Diego Rodríguez. Búsquese el origen de nuestros apellidos en los troncos góticos o germánicos y sarracenos, por donde se ve que los Bustos de Lara vienen de los Gustioz, Gudestios o Gudesteos; los González de Gundisalvos; los Suárez de Suero, y estos del arábigo Azur.».

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