Narváez by Benito Pérez Galdós — Read

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- Andaos con pulso en esto, queridos hijos - díjonos mi madre -, que si os inflama el espíritu de caridad, bien podéis satisfaceros mandando vuestra limosna con persona de casa. Pero no subáis: yo no he subido nunca, que desde niña me infundieron miedo al Castillo, y jamás, en mi larga vida, lo he podido desechar. ¿Llamáis a esto superstición? Dadle el nombre que gustéis: yo lo llamo respeto a la costumbre, y persistencia en los sentimientos que en mi niñez me inculcaron. Harto sé que es pecado creer en brujas y en apariciones de duendes o trasgos; pero no me negaréis que el Espíritu Maligno existe, y que hay Infierno, y por consiguiente diablo y diablillos que andan siempre en el ministerio de tentarnos y hacernos todo el mal que pueden. Y no me digáis que lo que hace D. Buenaventura podéis hacerlo vosotros, pues con eso no estoy conforme. Es el amigo Miedes muy descuidado, no sólo en las ideas, sino en su persona y vestimenta, como habéis visto, y con tal de socorrer a una cuadrilla de vagabundos, no repara en que sean gitanos piojosos o ladrones disfrazados de mendigos. ¿Qué le importan a él las porquerías y el mal olor? Me ha contado la Ranera que una vez, volviendo de pasar la tarde entre unos húngaros caldereros, trajo el buen señor tal carga de miseria, que para limpiarle y mondarle el cuerpo fue menester ponerle en cueros vivos y sahumar toda la ropa. ¿Pues quién os asegura que los tales inquilinos del Castillo no son una partida de bandoleros, que se hacen los pobrecicos para merodear durante la noche y quizás para asesinar al que cojan descuidado? No, no; no subáis allá, que yo, por de pronto, trataré de sonsacar al sabio para que me cuente el motivo de tantas subidas y bajadas, llevando provisiones de boca y trayendo. sabe Dios lo que traerá».

Interrogado al día siguiente, Miedes nos contestó con evasivas que aumentaron nuestra curiosidad. Lo que mi madre principalmente daba por averiguado era que el erudito de Atienza padecía miseria horrorosa, que ya no cabía dentro de los decorosos engaños. Para remediarle sin ofensa y proveerle de víveres, mi madre se valía de mil artificios. Con pretextos más o menos ingeniosos, allá iba el criado casi todas las mañanas llevando al anticuario, para que lo probase y diera su opinión, bien la cesta de patatas nuevas, bien la ristra de cebollas, el montón de judías o la media docena de frescas lechugas, todo de nuestra feraz huerta. Con estos regalitos y otros que en forma no menos delicada le hacía el Cura, se apañaba el pobre y reparaba las faltas de su menguada despensa.

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