Explore "Narváez" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
La impresión que de aquella imagen quedó en mi retina y en mi mente fue tan viva, que puedo describirla como si aún la tuviera delante. La que en su cuerpo y rostro es la perfección misma, cifra y conjunto de proporcionadas partes armónicas, vestía como las hijas del pueblo más elegantes, entre manola y señorita, la falda sin vuelos, de medio paso, un pañuelo por los hombros. No llevaba mantilla; el peinado, de lo más sencillo, gracioso y coquetón que puede imaginarse. Con ardiente curiosidad y anhelo me metí en la iglesia, Genaro detrás de mí, y apenas dimos algunos pasos hacia la capilla en que veíamos claridad, bultos, y oíamos murmullo de rezos, la poca gente que allí había salió perezosa, arrastrando los pies. El rosario, novena o lo que fuese había terminado. Las luces se apagaban: el sacristán pasó junto a mí con un manojo de llaves. En la vaga sombra, difícilmente se conocían las personas que iban hacia las puertas. Busqué inútilmente entre ellas a la que, tan descuidada en su devoción, llegaba en las postrimerías del piadoso acto. Pero pensé que situándome en la salida no podía escapárseme. A un tiempo, Villaamil y yo nos hicimos cargo de una grave dificultad estratégica. San Ginés tiene dos entradas, y por consiguiente dos salidas. Yo hubiera querido dividirme y vigilar ambas puertas. «Usted mire por la calle del Arenal - me dijo el pintor con rápida previsión militar -; yo miraré por la plazuela». Así lo hicimos.
Vi salir a pocos hombres, en los que no me fijé, y mayor número de mujeres que observé atentamente, cerciorándome de que todas eran viejas, y las que no lo eran, no daban lugar a confusión a causa de su ostensible fealdad. Por mi puesto de guardia, puedo jurarlo, no salió la mujer de las soberanas proporciones. Cuando terminada la requisa, y expulsado yo por el sacristán, me reuní en la plazuela con mi amigo, este me comunicó que por su puerta no había salido la moza, podía jurarlo. Mi desconsuelo y ansiedad fueron tales que no acerté con ninguna explicación del caso, y sin el testimonio del pintor habríalo tenido por un caso de alucinación. «Para mí, querido Pepe - me dijo Villaamil -, esa mujer no ha salido». «¿Cómo que no ha salido? ¿Es acaso alguna efigie que pernocta en los altares?». «Si no es efigie sagrada, merece serlo. Ahora me confirmo en que no fue engaño lo que creí ver. La moza, al entrar en la iglesia, avanzó derechamente hacia la sacristía». Un rato estuvimos discutiendo este enrevesado punto: ¿Tiene la sacristía comunicación directa con la calle? Hicimos reconocimiento topográfico, dando la vuelta a la parroquia por el arco y pasadizo.