La de los Tristes Destinos

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Clavería dijo a don Manuel que los dos hombres allí presentes eran de los que enviaba Ramón Lagier para tripular el barco misterioso; y como Zorrilla manifestase que aquel asunto no estaba en sus manos, y no podía darles hasta el siguiente día indicación clara de lo que habían de hacer, soltó Nonell con la bocina de su ronca voz estas estridentes razones: «Yo estoy bien enterado, señor Ruiz, pues Ramón Lagier me dio en Marsella completa guía para todo lo que tengamos que hacer aquí. En el forro de mi sombrerete llevo apuntación con las señas de la correduría que despacha el vapor, Billiter street, y las señas de nuestro alojamiento en las Minories, cerca de la Torre de Londres y de los diques de Santa Catalina, donde amarrada está la embarcación. Yo iré de piloto, y este joven de marinero. Somos partidarios frenéticos de Prim, bien probados en Barcelona y en Madrid con el peligro de nuestra pelleja».

Con esto se retiraron los tres muy contentos, dejando a don Manuel no menos gozoso y animado. Al día siguiente, quiso Clavería que Ibero le acompañase a pasear por Picadilly, Pall Mall y los parques; pero Santiago, con fogosa querencia de las aventuras, prefirió lanzarse al conocimiento de lo que en su imaginación se representaba con descomunal grandeza y atractivos: los diques de flotación, los inmensos trasatlánticos, el Támesis, la Torre de Londres. Salió, pues, tempranito con el fantástico Nonell; en el Puente de Waterloo metiéronse en uno de los vaporcitos que hacen el servicio urbano en ambas orillas, y se fueron río abajo, admirando la acumulación de maravillas que en ninguna otra parte del mundo se pueden ver. Iba Santiago con la boca abierta; no hablaba para no quitar espacio ni tiempo a su asombro. Después, paseando en tierra, los diques de Santa Catalina y London, la muchedumbre y variedad de barcos de todos tamaños y de diferentes banderas; los inmensos almacenes abarrotados de cuanto Dios crió en las cinco partes del mundo; los trenes que sin cesar cruzaban, llevando y trayendo mercancías, diéronle la impresión de haber caído en un planeta esencialmente comercial, todo carbón, fardos, máquinas, humo. Sus habitantes eran negros demonios benignos, que colaboraban en el bienestar universal.

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