Explore "La de los Tristes Destinos" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Acercose Ibero, aunque desde el primer instante hubo de conceptuarla borracha o loca, abordó ante ella la cuestión magna. Para su información y consulta no tenía más que aquel triste documento, escrito con garabatos ininteligibles. «Soy Santiago Ibero -le dijo. ¿No me conoce usted? ¿No recuerda haberme visto dos años ha en la casa de su amiga Mauricia Pando?. Vengo de Andalucía, y quiero que usted me dé noticias de Teresa, óigalo bien, de Teresa.». Soltó doña Manuela una risilla entre burlona y dolorida, y estas palabras incoherentes: «Vos, el salvaje negro. preguntáis por mi hija. ¡Oh! Teresa, Duquesa. hija del alma. Llevadme, si gustáis, a la casa grande, ¡oh!. Veréis que ha sido ella, ella sola, sin mi consejo, la que ha tomado por querindango al Duque. ¡ah, el Duque!. Ahí le tenéis en el Regio Alcázar. Es de los Muñoces de Tarancón, que tienen una pata en el Trono de España y otra en Flandes de las Asturias». El encendido color del rostro de la vieja, que echaba lumbre de sus mejillas, la peste a vinazo que iba delante de las palabras abriendo paso hacia el oyente, confirmaron a Ibero en la idea de que se las había con una pobre mujer alcoholizada.
Sintió el joven un impulso fiero de estrangularla o segarle el pescuezo. A la fiereza sucedió instantáneamente la compasión, y el deseo de un informe cierto volvió a ganar su alma. Tiró del brazo de la vieja; la llevó al pretil que da frente al Arco de la Armería, y con palabras cariñosas trató de sacar de aquel turbado cerebro la verdad que buscaba: «Serénese, doña Manuela, y respóndame a esta sola pregunta: ¿está Teresa en San Sebastián?. ¿Ha tenido usted carta de ella?.