Explore "El Amigo Manso" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Esto decían, y al punto, deseoso de oír a mi discípulo, dejé a mi hermano y subí al empinado palco donde estaba la familia. Entré; nadie volvió la cara para ver quién entraba; tan embebecidas estaban las cuatro damas en contemplar y oír al orador. Sólo el negro me miró, y acariciándome una mano, se pegó a mi costado. Acerqueme sin hacer ruido, y por encima de las cuatro cabezas miré al teatro. No he visto nunca gentío más atento, ni mayor grado de interés, totalmente dirigido a un punto. Verdad es que pocas veces he visto mayor ni más brillante ejemplo de la elocuencia humana. Fascinado y sorprendido estaba el público. Un joven con su palabra arrebatadora, don semi - divino en que concurrían la elegancia de los conceptos, la audacia de las imágenes y el encanto físico de la voz robusta y flexible, había cautivado y como prendido en una red de simpatía la heterogénea masa de personas diversas, y en una misma exclamación de gozo se confundían el necio y el sabio, la mujer y el hombre, los frívolos y los graves. Él despertaba, con la vibración celestial de las cuerdas de su noble espíritu, los sentimientos cardinales del alma humana, y no había un solo espectador que no respondiese a invocación tan admirable. Doña Jesusa se volvió hacia mí, y en su cara observé que estaba como lela. Hasta el pintado esposo que campeaba en el pecho de la señora, me pareció que se había entusiasmado en su placa de marfil o porcelana. Mercedes me miró también, haciendo un gesto que quería decir: "esto sí que es bueno". Lica e Irene no movían la cabeza: la emoción las había hecho estatuas.
Por mi parte, debo declarar que la admiración que Manuel me causaba y el regocijo de presenciar triunfo tan grande del que había sido mi discípulo, me ponían un nudo en la garganta. Sí, yo podía tomar para mí una parte, siquiera pequeña, de la gloria que el divino muchacho recogía a manos llenas aquella noche. Si recibió de Naturaleza aquel extraordinario hechizo de la palabra, yo había labrado la pedrería de su grande ingenio, yo había dado a sus dones nativos la vestidura del arte, sin la cual habrían parecido desaliñados y toscos, yo le había enseñado lo que fueron y cómo se formaron los grandes modelos, y sin duda de mí procedían muchos de los medios técnicos y elementales de que se valía para obtener tan admirables efectos. Así, cuando al terminar un párrafo estallaba en el público una tronada de aplausos, yo me rompía las manos y deseaba estar cerca del orador para estrecharle entre mis brazos.