Miau by Benito Pérez Galdós — Read

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Pecho á los escalones, y otra vez al piso segundo, á la oficina de Pantoja. Cuando entró, Guillén, Espinosa y otros badulaques estaban muy divertidos viendo las aleluyas que el primero había compuesto, una serie de dibujillos de mala muerte, con sus pareados al pie, ramplones, groseros y de mediano chiste, comprendiendo la historia completa de Villaamil desde su nacimiento hasta su muerte. Argüelles, que no veía con buenos ojos las groseras bromas de Guillén, se apartaba del corrillo para atender á su trabajo. Rezaba la aleluya que el Sr. de Miau había nacido en Coria, garrafal dislate histórico, pues vió la luz en tierra de Burgos; que desde el vientre de su madre pretendía, y que el ombligo se lo ataron con balduque. Entre otras particularidades, decía la ilustrada crónica, con dudosa gramática: En vez de faja y pañales,-le envuelven en credenciales; y más adelante: Pide teta con afán,-y un Presupuesto le dan. Luego, cuando el digno funcionario llega á la mayor edad, Henchido de amor sin tasa,-con Zapaquilda se casa; y á poco de estrenada la vida matrimonial empiezan los apuros. El desmantelado hogar de Villaamil se caracteriza en este elegante dístico: Cuando faltan patacones,-se dan á cazar ratones. Pero en lo que el inspirado coplero explaya su numen, es en la pintura de los sublimes trabajos villaamilescos: Modelo de asiduidaz,-inventa el INCOME TAZ. Al Ministro le presenta-sus planes sobre la renta. El Jefe, al ver el INCOMIO,-me le manda á un manicomio. Por fin le arroja el poeta estas flores: Su existencia miserable-la sostiene con el sable; y por aquí seguía hasta suponer el glorioso tránsito del héroe: Le dan al fin la ración,-y muere del alegrón. Los gatos, cuando se mueren,-dicen todos: Miserere.»

Al ver á Villaamil escondieron el nefando pliego, pero con hilaridad mal reprimida denunciaban la broma que traían y su objeto. Ya otras veces el infeliz cesante pudo notar que su presencia en la oficina (faltando de ella Pantoja) producía un recrudecimiento en la sempiterna chacota de aquellos holgazanes. Las reticencias, las frases ilustradas con morisquetas al verle entrar, la cómica seriedad de los saludos le revelaron aquel día que su persona y quizás su desventura motivaban impertinentes chanzas, y esta certidumbre le llegó al alma. El enredijo de ideas que se había iniciado en su mente, y la irritación producida en su ánimo por tantas tribulaciones, encalabrinaban su amor propio; su carácter se agriaba; la ingénita mansedumbre trocábase en displicencia y el temple pacífico en susceptibilidad camorrista.

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