Explore "La Fontana de Oro" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Mucho horror inspiraba á la huérfana la casa de las de Porreño, aunque no tenía otra. Así es que su primer impulso al verse en la calle fué huir, correr sin saber á dónde iba, para no ver más tan odiosos sitios.
Anduvo corto trecho, dobló la esquina y se paró. Entonces comprendió mejor que antes lo terrible de su situación. Al ver que no podía dirigirse á ninguna parte, porque á nadie conocía, le ocurrió esperar cerca de la casa á que entraran Elías ó su sobrino. Pero el primero había dicho que no volvería hasta dentro de tres días, y el segundo, que sospechaba tan mal de ella, sería capaz de confirmarse en su creencia al verla arrojada de la casa por las señoras. Ella necesitaba, sin embargo, ver á Lázaro y contarle todo. Si él daba crédito á su explicación, ¿qué harían los dos, tan desamparado el uno como el otro? Decidió, sin embargo, esperarle allí, apoyada en la esquina; pero le daba tanto miedo… Parecíale que iba á salir por la reja cercana una gran mano negra, que la cogería llevándosela dentro: ¡qué horror! De repente sintió al extremo de la calle fuerte ruido de voces. Eran unos hombres que venían borrachos profiriendo horribles juramentos, atropellando y riendo desenfrenadamente como una turba de demonios regocijados. La joven sintió tal sobresalto, que no pudo permanecer allí un instante más y echó á correr con mucha ligereza. Los hombres corrían también, y ella se figuraba que le tocaban la espalda, y creía sentir junto á sus propios oídos las infernales palabras de ellos. Corrió mucho por toda la calle del Barquillo, seguida del perro misántropo, y al fin, fatigada y sin aliento, se detuvo: las risas resonaban muy lejos … ya no la seguían … respiró porque no podía dar un paso. Después siguió andando lentamente; no se atrevía á volver, porque las risas habían cesado y se oían terribles imprecaciones. Algunas piedras, lanzadas por mano vigorosa, cayeron junto á ella. Batilo se volvió lleno de despecho y ladró como nunca había ladrado, con verdadera elocuencia canina.