Explore "La Fontana de Oro" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuando Lázaro vió cerrarse la puerta de su prisión y sintió perderse en la galería los pasos de su carcelero, miró en torno suyo, y se halló rodeado de la más profunda obscuridad. Luz entraba por una reja que en lo alto de la pared había; pero él, viniendo de la calle, estaba deslumbrado y no veía más que tinieblas. Por un momento le fué difícil darse cuenta de su situación. Aquello le parecía un sueño. ¿Su viaje á Madrid había sido cosa real ó visión percibida en aquel calabozo?
Los pensamientos que en desorden y confusamente se agolparon en la mente del joven, no son para referidos. El primer sentimiento que en él se manifestó, fué una gran compasión de si mismo, que emanaba de la ridiculez con que los hechos anteriores le presentaban á sus propios ojos. El había creído que cada paso dado en la Corte sería un paso dado hacia su futuro engrandecimiento é inmortalidad. El club patriótico más célebre de España le había abierto sus puertas, ofreciéndole una tribuna, un pedestal: la fortuna parecía haberle allanado todos los caminos, y después… Pero no podía acusar á la fortuna. Esta le había dado ocasión, sitio, auditorio; había puesto á su servicio un trastorno popular; había dispuesto tolo para él un inmenso grupo de oyentes trastornado y dispuestos á hacer la apoteosis del primer advenedizo. La fortuna había organizado para él una manifestación popular, pronta á improvisar un héroe en cada calle. La fortuna no debía ser acusada: él tenía la culpa, él, que había nacido para una vida obscura tal vez para ser un buen artesano, un buen labrador, y nada más. Y aquel saber presuntuoso, aquellos conatos de pueril elocuencia, aquella vanidad prematura de grande hombre, eran quizás tan sólo fenómenos nacidos de esa serie de fantasmagorías que acompaña siempre á la juventud hasta dejarla á las puertas de la virilidad.