La Fontana de Oro by Benito Pérez Galdós — Read

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Era don Silvestre un clérigo carilleno, bien cebado, grasiento, avaro, de carácter jovial, algo tonto, mal teólogo y predicador tan campanudo como hueco. Su hermana era una dueña quintañona, gruesa y muy pequeña, con la nariz del tamaño de una almendra y del color de un tomate, abultadísimo el pecho, y el talle y las caderas tan voluminosas que le daban el aspecto de un barril. Las tres ruinas aristocráticas no hubieran nunca descendido en sus buenos tiempos á tratarse con aquel par de personas de baja extracción (porque eran hijos de un tocinero de Almendralejo, y él cuidó cerdos en las dehesas de Badajoz hasta que entró en el Seminario); pero en los tiempos de decadencia podían visitarse y tratarse, aunque siempre con cierto decoro, y estableciendo tácitamente la diferencia de las antiguas jerarquías. Se habían conocido en el locutorio de las Góngoras, en cuyo convento existía una monja perteneciente al linaje de los Entrambasaguas. La amistad de las Porreñas y don Silvestre y su hermana llevaba ya cuatro años de mutuas cortesías, de mutuas fórmulas urbanas y de confianzas decorosas.

Tomaron asiento las tres, y enteraron á sus amigos de quién era aquel joven que decorosamente las acompañaba. María de la Paz, en su afán de decirlo todo, expuso, con su lucidez acostumbrada, que aquel caballerito había estado en el camino de la perdición á causa de las malas compañías; pero añadió que ellas le protegían, y esperaban lograr traerlo al buen camino.

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