Explore "La Fontana de Oro" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Lázaro no encontró arriba á su tío. Estaba el infeliz mancebo sumamente impresionado por el incidente ocurrido, y no cabía en sí de cólera, de amargura, de sobresalto. Imposible le era tranquilizarse, tanto más, cuanto que tenía siempre ante la imaginación la figura de Clara, de rodillas, con los ojos llenos de lágrimas y los brazos cruzados. Dábale compasión y después ira, sucediéndose tan atropelladamente estos dos sentimientos, que creyó sentir como una ebullición en el pecho y un vértigo en la cabeza. A los arrebatos del encono sucedía el abatimiento del desengaño, ignorando al mismo tiempo si amaba aún á aquella infeliz ó si la despreciaba.
Pasaron las horas; la noche avanzó, y él continuaba en la agitación. No pensaba acostarse, ni sentía sueño, ni necesidad de reposo; antes al contrario, los impulsos de su naturaleza eran hacia la zozobra, la inquietud, el movimiento. Silencio lúgubre, no interrumpido por ruido alguno, reinaba en la casa. Parecía que todos dormían: él tan sólo velaba sin duda; y saliendo al corredor, donde le causaba algún alivio el aire fresco de la noche, se paseó allí mucho tiempo. Dieron las nueve, las diez, las once. Al fin se detuvo, aturdido por su propio vaivén: apoyóse en el antepecho, y ocultando entre las manos su cabeza, estuvo de este modo un largo rato devorando su agonía. De pronto creyó sentir rumor extraño, alzó la cabeza, y en el fondo del corredor creyó ver una figura humana que avanzaba. El corazón le latió con tal violencia, que creyó que el pecho se le rompía. La forma aquella, que sin duda era de mujer, avanzó, destacándose en la obscuridad. Venía cubierto de una cosa enteramente blanca, que la hacía más fantástica, y el reflejo de la luna parecía despedir de sí cierta luz misteriosa.