Explore "Aita Tettauen" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sucedió lo previsto por el General en Jefe: vieron los moros desde sus altas atalayas los barcos, y en seguida les dio en las narices olor de galletas; olor y vista que les pusieron en ganas de meter la mano en el plato de los españoles. Aún no había empezado el desembarco de comestibles, que se hacía con enredosa dificultad en barricas flotantes, cuando las primeras partidas berberiscas obligaron a nuestros soldados, hambrientos y ateridos, a entrar en faena. Un batallón de Saboya y otro de Córdoba salieron con Prim a decir a los africanos que no podíamos darles parte en el festín, y algunas horas de la tarde empleamos en persuadirles a que fueran a buscar en otra parte el bendito alcuzcuz. Esto no se logró sin algunas bajas, y los hospitales acabaron de llenarse de heridos y enfermos. Daba pena, y al propio tiempo causaba grande admiración ver a los pobres soldados, hundidos los pies en el fango, batiéndose con tanto tesón como cuando sus estómagos llenos se aplomaban sobre terreno firme. El extenuado poeta Santiuste, que con lágrimas en los ojos les vio de lejos en tan heroico compromiso, se decía para su manta: «Odio la guerra, y admiro a los que sin esperar ningún beneficio de ella, inocentes piezas del ajedrez militar y político, se lanzan a empeños heroicos por un fin que sólo a los jugadores interesa.
Cada día veo con más dolor de mi alma estos horrores inhumanos; pero también digo, despojándome hasta del último plumacho de la fanfarronería que fue mi encanto antes de venir aquí; también digo que no hay en el mundo soldados que hagan esto. batirse mojados y muertos de hambre por un ideal colectivo, la gloria, de que sólo les corresponderá parte inapreciable. O son ellos la misma inocencia, o llevan dentro un poder anímico de extraordinaria intensidad. Si el poder anímico produce estos actos en la guerra,