Explore "Aita Tettauen" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
No se sabe lo que duró este delirio, y sí que a la madrugada, cuando aún no mostraba el Oriente ni presagios de aurora, salió Juan de su tienda, solo, sin más compañía que un palo, llevando a cuestas los dos petates, el suyo y el que le había confiado Pedro Antonio.
Atravesó casi todo el campamento, recogido en medio de la plácida obscuridad; pasó por las tiendas de Baza, de Segorbe, del Primero de montaña, de San Fernando, de Bailén, de Soria, de Iberia, hasta llegar a la Aduana. A las guardias dijo: «Voy a la Aduana para embarcarme», y ningún obstáculo halló en su camino. Reconociendo el disforme edificio que le habían designado como depósito de los que volvían a la patria, y en el cual vio como un vasto panteón de muda blancura, erigido en las tinieblas, torció a mano derecha y anduvo un corto trecho hasta dar en la margen del río Alcántara. Por la ribera pantanosa, chapoteando en el fango, llegó a un puentecillo jorobado que había visto de día. Detúvole el temor de tropezar con centinelas o escuchas; pero cerciorado de que no había nadie, pasó a la otra orilla, donde un lugar seco, entre juncales, brindábale a cambiar tranquilamente de vestido. Quitose el chaquetón; endilgó sobre la camisa la chilaba parda; de cintura abajo quedó desnudo de pie y pierna, calzadas las babuchas amarillas, después de refregarlas en la tierra húmeda para que tomaran aspecto de prendas muy usadas. Con todo lo demás, lo que se quitó y lo que no se puso, hizo un envoltorio que arrojó al río.