Explore "Nazarín" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
A la madrugada se puso tan mala la pobre, que Nazario (pues no siempre hemos de llamarle Nazarín, familiarmente) no sabía qué hacerle ni qué medidas tomar para salir con ventura de aquel grave conflicto en que su cacareada y popular bondad en mal hora le puso. La tal Ándara (a quién llamaban así por contracción de Ana de Ara) cayó en extenuación alarmante, con frecuentes colapsos y delirio. Para colmo de desdicha, aunque el buen cura comprendió que todo el mal provenía de extenuación, motivada por la pérdida de tanta sangre, no podía ponerle de inmediato remedio por no tener en su casa más vituallas que un poco de pan, un pedazo de queso de Villalón, y como una docena de nueces, sustancias impropias para un enfermo traumático. Pero pues no había otra cosa, forzoso fue apencar con el pan y las nueces hasta que viniera el día y pudiese Nazarín procurarse mejor alimento. Hubiérale dado él de muy buena gana un poco de vino, que era lo que ella principalmente apetecía; mas en casa tan pobre y modesta no entraba jamás aquel líquido. Ya que no podía atender al reparo de fuerzas, trató de acomodar el cuerpo de la miserable en cama menos dura que el santo suelo, dónde yacía desde que entró; y viendo la imposibilidad, después de infructuosos ensayos, de que Ándara se moviera de aquel sitio, porque sus músculos habían venido a ser trapos y sus huesos de plomo, no tuvo el buen Nazarín más remedio que sacar fuerzas de flaqueza y echarse a cuestas, con descomunal trabajo, aquel fardo execrable. Afortunadamente, el peso de Ándara era escaso, porque andaba mal de carnes (la mayor desgracia en su condición), y para cualquier hombre de medianos bríos el levantarla habría sido como cargar un pellejo de arroba a medio llenar.
Así y todo, sudó la gota el pobre cura, y por poco se cae en mitad del camino. Pero al fin pudo soltar su farda y al caer los molidos huesos y flojas humanidades en el colchón, dijo la moza: