Nazarín by Benito Pérez Galdós — Read

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Tuvo el fugitivo en aquel primer día de su peregrinación encuentros que no merecen verdaderamente ser relatados, y tan sólo se indican por ser los primeros, o sea el estreno de sus cristianas aventuras. A poco de separarse de Ándara oyó cañonazos, que a cada instante sonaban más cerca con estruendo formidable, que rasgaba los aires y ponía espanto en el corazón. Hacia la parte de dónde venía todo aquel ruido vio pelotones de tropa que iban y venían, cual si estuvieran librando una batalla. Comprendió que se hallaba cerca del campo de maniobras dónde nuestro Ejército se adiestra en la práctica de combates. El perro le miró gravemente, como diciéndole: "No se asuste, señor amo mío, que esto es todo de mentirijillas, y así se están todo el año los de tropa, tirando tiros y corriendo unos en pos de otros. Por lo demás, si nos acercamos a la hora en que meriendan, crea que algo nos ha de tocar, que esta gente es muy liberal y amiga de los pobres".

Un ratito estuvo Nazarín contemplando aquel lindo juego y viendo cómo se deshacían en el aire los humos de los fogonazos, y a poco de seguir su camino encontró un pastor que conducía unas cincuenta cabras. Era viejo, al parecer muy ladino, y miró al aventurero con desconfianza. No por eso dejó el peregrino de saludarle cortésmente y de preguntarle si estaba lejos de la senda que buscaba.

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