Nazarín by Benito Pérez Galdós — Read

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Malísimo alojamiento tenían los infelices presos en Móstoles (o en dónde fuese, que también esta localidad no está bien determinada en las crónicas nazaristas), pues la llamada cárcel no merecía tal nombre más que por el horror inherente a todo local dedicado al encierro de criminales. Era una vetusta casa a la malicia, agregada al Ayuntamiento, y que por el frente daba a la calle, por detrás a un corral lleno de escombros, maderas viejas y ortigas viciosas. Si la higiene y el decoro de la ley no existían allí, la seguridad de los presos era un mito, como decía la exposición de la Junta penitenciaria pidiendo al Gobierno fondos para construir cárcel de nueva planta. La vieja, que no sabemos si existe aún, había adquirido fama por la escandalosa frecuencia con que de ella se evadían los criminales sin necesidad de hacer escalos difíciles y peligrosos, ni de abrir subterráneos conductos. Comúnmente se escapaban por el techo, que era de una fragilidad e inconsistencia maravillosas, pues cualquiera rompía las podridas vigas y quitaba y ponía tejas dónde le daba la gana.

Desde que le metieron en aquel infame tugurio sintió Nazarín un frío intensísimo, como si el local fuera una nevera o helado purgatorio, y con el frío le acometió un horroroso quebrantamiento de huesos, como si se los partieran con un hacha para hacer astillas con que encender la lumbre. Tumbóse en el suelo, arropándose en su capote, y a poco ardía en calor insoportable. En aquel purgatorio, del hielo brotaban llamas. "Esto es calentura - se dijo -, una calentura tremenda. Pero ya pasará". Nadie se acercó a preguntarle si estaba enfermo, trajéronle un plato de latón con rancho, que no quiso probar.

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