El Doctor Centeno by Benito Pérez Galdós — Read

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El sotabanco en que Miquis vivía (si era aquello vivir), merecía de tal modo en verano los honores de estufa, que allí se podrían criar plantas tropicales. Admirable sitio para observaciones meteorológicas y para estudiar lo irregular de nuestro delicioso clima, pues las temperaturas oscilaban a principios de junio entre los 30 grados y una mínima de 8. Más tarde se observarían allí las de 40, y algo más, que nos trae julio para que tengamos una idea de Zanzíbar y otros amenos lugares del África. Cuando el sol tomaba por su cuenta la delgada pared de la sala, dorándola por fuera con sus rayos, caldeándolo por dentro, resecando el yeso, derritiendo la resina del pino, la respiración se hacía difícil, aún para aquéllos que tuvieran sus pulmones sanos. Poníase la tal salita como un horno. Su ventana, que era puerta del cielo, a ciertas horas parecía serlo del infierno. No sólo sofocaba el calor, sino el espectáculo de aquel panorama supra-urbano estival, porque verlo era añadir la opresión del espíritu a los sofocos del cuerpo.

Según cuenta el bueno de Aristóteles, cuando se asomaba a la ventana, quemábale el rostro el inflamado aire. El polvo de un cercano derribo traía la ceguera sobre la asfixia, y ofendía los ojos aquella bóveda azul sin el regalo de una sola nube, que con la vivísima luz resultaba de un celeste clarucho y caliginoso. También parecía, calor el silencio mismo de aquellas techumbres, apenas turbado por los lejanos ruidos que de los patios subían. La renovación de las capas atmosféricas sobre las caldeadas tejas, las unas viejas y negruzcas, las otras pardas y terrosas, producía ese temblor del aire que tanto molesta. Pocas chimeneas, de las infinitas que se veían, echaban humo. Rarísimos pájaros pasaban, cual merodeadores vagabundos, en dirección, del Retiro. Gatos no parecían por ninguna parte, y sólo en tal cual rincón de sombra se distinguía uno que otro, pensativo y amodorrado. Los ventanuchos por donde respiran las altas viviendas de los pobres, estaban cerrados. Esteras que hacían de cortinas y lonas sucias defendían de los rayos del sol los humildes hogares. Alguna planta medio marchita se defendía en su tiesto, atado a los hierros de un buhardillón, y abajo, en el jardín hondo, los cuatro árboles que lo componían, como que se agachaban para estar más hondos todavía. La fuente dormía la siesta, y apenas estertorizaba un ligero chorrillo, más bien roncando que corriendo. Desde su observatorio, veía Felipe movibles ráfagas rojas en el verdoso pilón de la fuente. Eran los pececillos, ciertamente dignos de envidia, porque no necesitaban ir a baños.

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