Explore "El Doctor Centeno" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
-¡No, si no te he de pasar nada; si te he de brear y batanear y curtir, hasta que seas otro y no te parezcas a lo que fuiste!. Haz cuenta de que naces. ¿Dices que quieres aprender y ser hombre?, pues ahora te las verás conmigo.
Esto decía Polo a su nuevo alumno, recogido por caridad un domingo por la tarde, en momentos de satisfacción digestiva. Se vieron, se hablaron, se comprendieron, simpatizaron y de la simpatía salió el siguiente contrato: don Pedro sería maestro de su criado y el criado sería discípulo de su amo. Perfectamente. A la familia le hacía falta un chiquillín que desempeñase recados, barriese casa y escuela, que a veces no podían con más polvo, y prestara además otros servicios. Doña Claudia se veía negra muchas veces para poder repartir a domicilio los papelitos en que hacía constar las participaciones que ésta o la otra persona tenían en sus jugadas. Marcelina recibió a Felipe con benevolencia. ¡Cuántas veces había dejado de mandar un recado importante a las monjas por no temer quien lo llevara! Agradó a todos el muchacho, y como llevaba la buena ropa que le había dado Miquis, casi casi parecía un paje, un caballerito. Señaláronle para su vivienda un cuarto, o más bien garita, en los deshabitados desvanes de la casa, los cuales, aunque llenos de trastos y polvo y telarañas, fueron para él mejores que cuantos palacios puede soñar la fantasía.