El Doctor Centeno by Benito Pérez Galdós — Read

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Por desgracia de Centeno, la antipatía que inspiró a doña Claudia, en vez de disminuir con el tiempo, iba creciendo a causa del carácter seco y desabrido de aquella señora. Era la roca árida en que había nacido la negra encina que llamamos don Pedro Polo. Luego la maldita criada agravaba la situación de Felipe con sus enredosos chismes. De todo lo malo que en la casa pasaba había de tener la culpa el sin ventura hijo de Socartes. Si traía algo, lo traía tarde; si se lo confiaba cualquier faena de la cocina, echábala a perder; si redoblaba su esmero, resultaba que, por atropellar las cosas, salían mal; si al ir a comprar algo lo hacía con poco dinero, lo que había traído era detestable; si resultaba caro, era un sisón; si hablaba, era entrometido; si se callaba, sin duda estaba meditando picardías; si se limpiaba la ropa, era un presumido; si no, era un Adán. En resumidas cuentas, habría deseado el Doctor (pues dieron en llamarle de este modo, y también el Doctorcillo) tener la sabiduría de aquel señor tan despejado de que hablaba la Historia Sagrada, Salomón, para poder complacer a la doméstica y a la señora. Los regaños de ésta, importunos y soeces, le ponían en tal tristeza, que le entraban deseos de marcharse de la casa. Viendo que sus leales esfuerzos no tenían estímulo ni recompensa, desmayaba su valeroso ánimo, y lo mismo le importaba cumplir que no. Así, cuando iba a recados, se detenía en las calles mirando los escaparates o añadiéndose al corro que por cualquier motivo se formara, o entablando sabroso palique con este o el otro amigo.

En tanto, las horas de servicio crecían de lo lindo y las de enseñanza mermaban. Viéndole cada día más torpe, apenas se lo tomaba lección de aquellas condenadas materias que tan poca gracia le hacían, y el gran don José Ido, al llegar a él, decía:

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