El Doctor Centeno by Benito Pérez Galdós — Read

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Entre tanto, a Felipe le pasaban en el recibimiento cosas muy desusadas. Allí no había más luz que las extrañas claridades de los gatudos ojos, y alumbrado por ellos, aguardaba el escudero a su señor pidiendo a Dios que saliese pronto, porque se aburría, acompañado tan sólo de aquellos mansos animales que se le subían por brazos y piernas y se le sentaban en los hombros, produciéndole estremecimiento el roce de sus blandas patas frías. De pronto, al pasar la mano por el lomo de uno de ellos, vio con asombro que el animal echaba chispas., chispas azuladas, lívidas. ¿Qué era aquello? Pasaba, pasaba la mano y las gotas de luz salían de entre los pelos. ¡Pavoroso, inexplicable suceso! Probó en otros gatos, y en todos ocurría lo mismo. Esto y la oscuridad de la casa infundíanle mucho miedo. Se estuvo quieto en el durísimo asiento, hasta que se le ocurrió, para distraerse, asomar el hocico por una ventanilla que al patio daba. Nunca tal hiciera. Desde aquella ventana veíase otra, situada más abajo y correspondiente al piso principal. En este segundo hueco había claridad; pero ¡qué cosa tan horrible! Aquella claridad dábanla unas velas verdes encendidas delante de un como altarejo lleno de santicos y otras figurillas, las cuales eran sin duda imágenes de diablos y criaturas infernales. También vio Felipe una mesa llena de naipes y junto a ella una figura siniestra y horripilante, una mujer con mantón negro por la cabeza, haciendo arrumacos y demostraciones con las manos.

Retirose el muchacho asustadísimo de la ventana, diciendo para sí:

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