El Doctor Centeno by Benito Pérez Galdós — Read

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Llegaron, salieron del coche, pagaron, y viéraisles a los dos en el cuartito estrecho, pero cómodo, de una fonda o restaurant. Miquis exaltado y como demente, Centeno, muerto de hambre y al mismo tiempo encogidísimo de verse allí frente a aquel espejo, bajo los mecheros de gas y en mesa para él tan rica y ele gante. Pidió Alejandro dos cubiertos de los más caros, y mientras preparaban el servicio, Felipe parecía que se iba hartando con la vista. Algo había ya en la mesa a que hubiera echado mano, como las ruedas de salchichón, los rabanitos, el pan y la mantequilla; pero su respeto puso frenos al salvaje apetito que tenía, y no tocó nada hasta que trajeron la sopa. Al pobre Doctor le parecía mentira que había de venir la tal sopa, y cuando la vio llegar y tomó la primera cucharada, pasole lo que al héroe de Quevedo, esto es, que hubo de poner luminarias el estómago para celebrar la entrada del primer alimento que tras tan larga dieta apareciera. Y razón había para ello, porque estaba con un triste pedazo de pan duro que había tomado por la mañana.

Miquis no acertaba a comer; estaba impaciente, inquietísimo, hablaba solo. A ratos miraba a su protegido, y se reía paternalmente de verle tan aplicado a la obra de reparar sus fuerzas.

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