El Doctor Centeno by Benito Pérez Galdós — Read

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Sentados a la mesa, cual hemos dicho, los quince o más huéspedes, y servida aquella sopa de arroz, siempre tan igual a sí propia, que la de hoy parecía la misma de ayer, empezaba el alboroto. Tal como se ponía aquel comedor algunas noches, la torre de Babel resultaría, en parangón suyo, lugar de recogimiento y devoción. En pocas épocas históricas se ha hablado tanto de política como en aquélla, y en ninguna con tanta pasión.

Jamás tuvieron parte tan principal en las conversaciones populares los chismes palaciegos y las anécdotas domésticas de altas personas. No gozando de libertad la prensa para la controversia, se la tomaba el pueblo para la difamación. No se ponen puertas al campo ni mordazas a la malicia humana. La opinión tiene muchas bocas a cuál más fieras. Cuando se le tapa la del lenguaje impreso, abre la de las hablillas. Si con la primera hiere, con la segunda asesina. Estaba muy en la infancia la política española para conocer que nada adelantaba con suprimir las cortadoras espadas del periodismo, cuyos filos se embotan pronto cuando se les permite el constante uso. En tanto los cuentecillos envenenaban la atmósfera haciéndola irrespirable, y lo que se quería conservar y defender se moría más pronto. De fuertes y seculares imperios se cuenta que, habiendo sabido defenderse de terribles discursos y escritos fogosos, han caído destrozados por los cuchicheos.

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