Gloria by Benito Pérez Galdós — Read

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El obispo parecía un niño grande. Su cara redonda, sonrosada y siempre risueña, se destacaba entre la ampulosa envoltura episcopal y bajo el sombrero verde, respirando profundo gozo de espíritu, benevolencia, paz completa con la conciencia y relaciones perfectas con Dios. Era hombre que por natural impulso de su sano corazón se inclinaba á suponer lo bueno en todo. Sus estudios, su experiencia, su confesonario le enseñaban que hay malvados en el mundo; pero siempre que hablaba con alguien, decía para sí: «¡Qué buena persona, qué excelente sujeto!»

Como una luz alumbra cuanto la rodea, así su corazón proyectaba las claridades de la bondad sobre los que se le acercaban. Era incapáz de tener un mal pensamiento acerca de individuos conocidos, y cuando oía hablar de las picardías de alguien, no omitía decir cualquier palabra en su defensa. Su inteligencia era quizás inferior á la de su egregio hermano don Juan, pero le ganaba en verdadera piedad y en dulzura de sentimientos; y aunque tocante á materias dogmáticas profesaba la doctrina de la intolerancia en el verdadero sentido teológico no en el vulgar de esta manoseada palabra, la viva compasión que sentía hacia los errores de nuestros contemporáneos parecía atenuar el rigor de sus ideas. Se ignora lo que D. Angel habría hecho si hubiera tenido en el hueco de la mano á la pecadora sociedad presente. En cuanto á D. Juan, es seguro que la habría echado al fuego, quedándose después con la conciencia, no sólo tranquila, sino satisfecha de haber realizado el bien.

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