Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Faltábale la visita a Leré, objeto principal de su viaje; mas un sentimiento de delicadeza dictábale la idea de aplazarla, porque habiéndole precedido la joven toledana tan sólo dos días, parecería que le acosaba. Determinó, pues, esperar, saboreando en tanto el gustillo de considerarse próximo a ella, de suponerla tras este o el otro muro, o de creer que momentos antes, había pasado por las calles que él recorría. Porque su ocupación única, en los días primeros, fue vagar y dar vueltas, recreándose en el olor de santidad artística, religiosa y nobiliaria que de aquellos vetustos ladrillos se desprende; su placer mayor perderse sin guía ni plano, jugando con el ovillo revuelto de las calles. De noche, el misterio y la poesía resaltaban más que a la luz del sol. Las puertas erizadas de clavos, la desigualdad infinita de planos, rasantes y huecos, las fachadas con innumerables dobleces, las rejas, las imágenes dentro de alambrera y con lamparilla, los desfiladeros angostos, entre muros que se quieren juntar, los cobertizos y travesías empinadas, la soledad, la sombra distribuida en masas caprichosas, avivaban más en el espíritu del vagabundo la impresión de leyenda dramática o de histórico lirismo. En sus primeras caminatas, la planimetría de la ciudad érale desconocida; pero pasando y revolviéndose de Norte a Sur y de Levante a Poniente, empezó a orientarse, fijó los grupos de edificios más visibles, las torres y cúpulas, y de este modo pudo dominar el sentido de las calles, y entenderlas como signos de endiablada escritura, que se va comprendiendo después de pasar por ella los ojos una y otra vez. Sale ahora este vocablo, después aquel; se despeja parte de una cláusula, luego se trasluce una frase íntegra, hasta que interpretados con cálculo y paciencia los espacios intermedios, llégase a leer de corrido todo el conjunto de garabatos.
Las excursiones nocturnas dejábanle con ganas de ver a la luz del día lo traslucido entre las sombras de la noche. «¿Qué serán estos muros altísimos? -se preguntaba. Esta vertiente espantosa ¿a qué abismos conduce?». Y levantándose muy temprano, se lanzaba de nuevo a su exploración vagabunda. Las campanas de los conventos y parroquias llamando a misas tempranas producíanle una emoción suave que no lograba definir. No era que a él le entrasen ganas de oír misa, pero le encantaba la impresión fresca y estimulante del madrugar, y miraba con simpatía a las pobres mujeres que arrebujadas y carraspeando se metían en las iglesias. Allá se colaba también él, movido del dilettantismo artístico y de cierta curiosidad religiosa, ligeramente estimulada por pruritos de vida espiritual. Las iglesias de los conventos de monjas le ofrecían singular encanto, y siempre que abiertas las hallaba, a primera hora, se metía dentro. De este modo multitud de misas pasaban por delante de sus ojos todas las mañanas. Comúnmente, una sola persona o dos cuando más, fuera del cura y monaguillo, se veían en el templo, alguna vieja que entraba rezando entre dientes, algún anciano catarroso con trazas de mendigo. Lo que más le enamoraba era el sentimiento de reposo, de convalecencia, de tranquilidad interior que aquellos recintos monjiles tenían en sí. El fresco matinal resultaba placentero en aquella cavidad hospitalaria, en la dureza del banco lustrado por el tiempo, o de rodillas sobre el ruedo de esparto. Y de tal modo le iban gustando las iglesias de monjas, que vista una quiso verlas todas, y poco a poco, esta quiero, esta no quiero, visitó Santo Domingo el Antiguo, las Capuchinas, Santo Domingo el Real, las Claras, San Clemente, San Pablo, etc., y allí permanecía hasta que le echaba el sacristán, entre siete y ocho. Si el cura no estaba en el altar, recorría la iglesia con estudiada compostura buscando Grecos, que eran su delicia, examinando altares barrocos, Cristos con melena y Vírgenes de cerquillo, investigando siempre lo raro, lo artístico, lo sentido, que en medio de mil vulgaridades suele encontrarse allí dónde un poderoso sentimiento ha engendrado tantas y tan diversas formas. Durante la Misa se sentaba o se arrodillaba con fingida devoción, echando miradas furtivas a la verja del coro, por la cual se traslucían, bañadas en luz azulada y misteriosa, las siluetas blanquinegras de las esposas del Señor.